EXTRAÑAMIENTO


18/4/2019

Poco a poco va llegando la descompresión. Es raro: nadie diría que quince días fuera exigirían una readaptación a la vuelta. Pero es así, tal vez por la intensidad de la experiencia. La propia luz, que es ahora de rabiosa primavera, me es extraña, como lo es, sobre todo, el azul del cielo, cuya intensidad, aquí, nada tiene que ver con la desvaída grisalla -tan delicada, por otra parte- de los cielos irlandeses, incluso cuando están despejados... Tampoco la sonoridad de las calles y de los lugares públicos es la misma. Ni el sentido de la ubicación: doy una cabezada a la hora de la siesta y, cuando despierto, me parece estar allí y tardo unos larguísimos instantes en constatar que no ése el caso. Tampoco yo soy el mismo, aunque no sabría decir si lo que predomina en mí es la euforia de quien ha salido airoso de una situación apurada o lo contrario, el miedo de quien sabe que el caso habría podido ser incluso más complicado y haber podido con las reservas de paciencia y recursos de uno.

Pero para eso se viaja, me imagino: para volver cambiado. Ahora aquí, en Benaocaz, cuento los días de estas vacaciones acortadas -yo las he empezado el lunes, dos días y medio después de su comienzo oficial el viernes al mediodía- y hago votos porque la descomprensión haya terminado de aquí al domingo, porque la cotidianidad se aviene mal con las sensibilidades alteradas y la sensación de extrañamiento. Iré contando.

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