FANTASÍAS


12/4/2019

He aprovechado el largo día que tenía por delante hasta embarcar a las 10.30 de la noche -por fin hemos conseguido la autorización pertinente- para dar un último paseo por Waterford y despedirme de la ciudad. A pesar de las enrevesadas circunstancias, no me llevo un mal recuerdo de ella. Todo lo contrario. Hoy me ha apetecido pararme ante los escaparates de sus pulcros comercios, que no parecen haber tirado la toalla ante la inevitable invasión de las franquicias; he visitado el museo local, con sus inevitables casullas y sus tallas de vírgenes —muy delicada la de la llamada "madona de Waterford", a la que de buena gana le hubiera rezado una oración, como hacían los marinos que a ella se encomendaban—, he entrado incluso en una desangelada galería de arte contemporáneo local, en la que había una exposición de fotos, recortes de prensa y otros recuerdos de las distintas oleadas de culturas juveniles que se han hecho notar en la zona: desde los mods de los 60, que llegaron a concentrarse en las playas de Tramore —donde tuvieron su Tramorephenia—, según reza una cartela conmemorativa, hasta los punks de finales de los 70 y primeros 80. También he querido comer caliente, ante la posibilidad de que el restaurante del barco sea justo lo que puede esperarse de él, y he pedido en un pub tradicional el plato del día, que era una generosa ración de Irish stew...

Todo eso me llevo de Waterford. Y alguna que otra fantasía, para la que ha faltado tiempo y voluntad, y que seguramente tendrá ocasión de plasmarse en la literatura, que para eso está.

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