FIN DE VIAJE


14/4/19

Tarde-noche de sábado a bordo del Connemara. Hay quien mata el tiempo bebiendo cerveza. Yo juego al ajedrez con mi acompañante —he comprado un pequeño tablero magnético en la tienda del barco— y, en los largos intervalos que me dejan mis espaciadas conversaciones con mi lacónico compañero, leo. El ambiente es relajado y agradable, casi familiar. Los niños corretean entre los silenciosos bebedores de cerveza, la televisión está puesta a un volumen aceptable, que no llega a las zonas más reservadas del espacio común. Y la comida, sorprendentemente, es buena y no demasiado cara. Tampoco hemos tardado mucho en acostumbrarnos a los movimientos del barco y al traqueteo de los motores, que se diría que hacen el efecto de un arrullo que facilita el sueño.

Así ha transcurrido la travesía. Hoy me he despertado un poco antes de las siete, que era cuando debía sonar el despertador, y desde la ventana del camarote ya se veían las luces de Santander. Me he duchado rápidamente, justo a tiempo para oír, mientras me vestía, la megafonía dando instrucciones para el desembarco. Daba casi reparo arrastrar las maletas por las calles de la ciudad dormida. Hemos desayunado en la primera cafetería que hemos encontrado abierta. Voy ahora camino del aeropuerto. Fin de viaje.

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