HAZAÑAS


11/4/2019

El viejo, pomposo, recargado Granville... Quién me iba a decir a mí que iba a llorar mis penas en semejante escenario. La cena de ayer, por ejemplo. El camarero marroquí interpretó mi indecisión como dificultad con el idioma y pasó a hablarme en español, lo que me tomé, no como un juicio de valor sobre la calidad de mi inglés, sino como un gesto de amabilidad. Me puso la carta en la mano y me señaló los apartados. Creo que lo hizo incluso con cierta coquetería. Es un chico guapo y seguramente sabe que, para una parte de los viajeros solitarios con quienes está acostumbrado a tratar, éste no es un dato irrelevante. Sonríe y me dice que debo pedir un plato de cada apartado. "Si puedes con todo, claro". Atribuyo el tuteo a que tampoco habla el castellano con la propiedad que cabría esperar. La verdad es que no tengo apetito, pero me impongo probar —va todo incluido en mi nota de gastos— la crema de mariscos, el pato al horno y algún postre. Pido también una copa de vino tinto, y como no atino a elegir con el aplomo del que debería hacer gala un hombre de mundo, me dejó aconsejar y pruebo un alegre vino chileno muy afrutado, que responde a mis expectativas. Malditas las ganas, en fin, que tengo yo de seguir los pasos de este minué. Así que como lo que puedo y me distraigo contestando mensajes en mi teléfono móvil, todos ellos referentes a las gestiones que me traigo entre manos. La compañía de seguros no ha sido capaz de resolver ni uno solo de los trámites que ha habido que hacer y se ha limitado a ir aceptando a regañadientes lo que le proponíamos nosotros, tanto en lo concerniente a la elección de médico -pretendía que fuéramos a consultar a un especialista de Dublín, como si aquí no hubiera médicos-, como a los pormenores de nuestra repatriación, que habrá de ser por mar, pese al impedimento que supone que el ferry de Cork a Santander no admita pasajeros que no lleven coche... Todo resulta un tanto kafkiano en estos días anómalos; como, por ejemplo, el hecho de que la primera persona de la compañía de seguros que tuvo a bien ponerse en contacto con nosotros lo hiciera desde una francachela —él lo llamó "comida de trabajo"— y hablara con la familiaridad inconsecuente del que ha tomado ya dos copas.

Pienso en todas estas cosas durante mi largo duermevela de insomne en la recargada habitación, que debe de ser el paraíso de los ácaros. En la escalera he leído una placa que dice que aquí nació Thomas Francis Meagher, el líder independentista decimonónico que fue condenado a muerte y al que luego se le conmutó la pena por la de confinamiento en Tasmania. De allí escapó a los Estados Unidos, donde se convirtió en un destacado personaje público e incluso llegó a formar un regimiento irlandés que luchó bajo su mando en la guerra civil americana. Fue este Meagher, por cierto, quien, llevado por el entusiasmo que le causó la revolución francesa de 1848, ideó, a imitación de la bandera tricolor gala, la que ahora es la enseña oficial de la República de Irlanda, que consta de tres franjas verticales —verde, blanca y naranja— y ondeó por primera vez en un edificio de Waterford.

Pienso en la vida de este singular personaje —¿cómo es que nadie le ha dedicado una película?— y me figuro que mis tribulaciones de viajero estrellado resultan ridículas al lado de sus hazañas. Paciencia, me digo. Si este tipo supo escapar de Tasmania y llegar a Estados Unidos, yo encontraré el modo de subirme al ferry de Santander.

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