HORA ROBADA

23/3/2019

Los últimos acontecimientos me han dejado un tanto claustrofóbico. Me cuesta permanecer mucho tiempo concentrado en una tarea sedentaria. Así que hoy, a las doce, cuando aún me faltaba al menos media hora de trabajo burocrático, he decidido dejarlo para mejor ocasión y lanzarme a la calle. Me gusta hacerlo a media mañana -las doce son aquí, a esos efectos, el punto medio de la mañana, cuando todavía faltan dos o tres horas para que los comercios y las escuelas cierren y la gente se vaya a almorzar-, que es, para mí, la mejor hora del día, cuando las calles están en plena actividad, aunque en la multitud anden mezclados quienes están desempeñando un trabajo, y por lo tanto andan con prisas y con aire ocupado, y quienes se limitan a deambular sin otro propósito que tomar el aire o disfrutar del espectáculo ofrecido por el propio trajín desigual del que forman parte.

Ahora yo soy uno de esos desocupados -aunque en el ordenador, ay, he dejado media docena de correos por contestar, un acta por cumplimentar y todo un capítulo de la programación por revisar-. Pero tengo la conciencia tranquila y dispongo al menos de tres horas antes del almuerzo. Lo primero, entro en el estanco a recargar la tarjeta de transporte, que se me agotó está mañana, y me sorprende comprobar que la estanquera estaba tan enfrascada en su distracción -¿una revista, el móvil? Lo que sea lo tiene debajo del mostrador y no se ve- que parece sobresaltada por mi irrupción en su establecimiento y reacciona con desconfianza, hasta tal punto que, contra la costumbre, me pide el billete de veinte euros antes de proceder a la recarga. Me dirijo luego a la parada, en la que a esa hora confluyen media docena de autobuses en un tramo de acera donde sólo caben dos, lo que obliga a quienes esperan a estar atentos por si los que no logran acceder a la parada propiamente dicha abren sus puertas para recibir a los viajeros cuarenta o cincuenta metros más atrás. Unos lo hacen y otros no, por lo que no hay reglas, y lo único aconsejable es echar a correr cuando uno ve su autobús en el extremo de la cola, y volver a hacerlo si éste no le abre las puertas y espera a llegar a donde tiene que parar. En ese trasiego se me van quince minutos. Y luego, cuando accedo a mi autobús, compruebo con horror que el conductor es de los que escuchan música ratonera a un volumen superior al aceptable, sin plantearse siquiera si con ello está vulnerando el derecho de los pasajeros a distraerse cada cual como le venga en gana, y no tener que soportar el estruendo impuesto. Aún así, abro mi libro -La miseria de Madrid de Gómez Carrillo, que estoy leyendo con sumo gusto- y hago lo posible por concentrarme en la lectura, lo que consigo sólo a medias, y no sólo por la música, sino porque también los viajeros que se suben en las siguientes paradas llaman mi atención: por ejemplo, un hombre ciego que, a tientas, se sitúa en el asiento libre junto al mío. Su desgracia debe de ser reciente: "No veo nada", se queja a su acompañante. Y luego añade, en respuesta a un comentario del conductor, que se dirige a él con confianza: "No, lo que a mí me pasa no es sólo esto. También tengo depresión". Es, en efecto, un hombre compungido, quizá sobrepasado por sus padecimientos. Todo lo contrario de una señora que, un par de filas de asientos más atrás, repasa por teléfono los acontecimientos del día con una amiga o quizá con una hija, y lo hace a voces y con largos rodeos explicativos, como si quisiera asegurarse de ser entendida, no sólo por su interlocutora, sino por todo el autobús...

Llego así a mi destino, donde, antes de meterme en casa, aún me he propuesto hacer un par de recados. Primero, voy a correos. La estafeta está atestada; pero, por suerte, la correspondencia que debo recoger -un libro y unas fotocopias- ha cabido en el apartado y no he tenido que hacer cola para recogerla en ventanilla; lo que me ha privado, quizá, de enterarme de las historias que suelen traer consigo las veinticinco o treinta personas aquí congregadas, normalmente muy interesantes, porque el servicio público de correos es ahora usado mayoritariamente por inmigrantes que desean enviar cosas -desde artículos de primera necesidad a modestas sumas de dinero- a lugares donde, en ocasiones, las señas son dudosas o imprecisas, u obedecen a un esquema que no entiende el empleado encargado de tramitar el envío. Hoy no voy a quedarme a escuchar esas historias, y eso que me pierdo, a cambio de acortar considerablemente el tiempo que habitualmente paso todos los martes en esta estafeta.

He parado luego en el banco, para sacar dinero, y he recorrido sin demasiada prisa la calle principal donde se ubica la mayor parte del comercio de la localidad y las terrazas de media docena de bares, que a estas horas acogen ya a los primeros bebedores de cerveza, entre los que, como excepción entre tantos hombres solos, hoy he visto una pareja de jubilados, hombre y mujer, que portaban una honda y muy apetecible copa de cerveza dorada mientras elegían mesa donde sentarse. ¿Seré yo de esa clase de jubilados, cuando me llegue el momento? Pero ya mis pasos me han traído a casa y, antes de que se disipen estas impresiones de una hora robada a mis obligaciones, me he puesto a anotarlas.

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