PLUSH


10/4/2019

Mi contacto aquí, a quien no le falta sentido del humor, me ha sugerido que cambie de hotel, mientras espero que se resuelvan las circunstancias que me retienen en Waterford. Al fin y al cabo, paga el seguro, me dice. "Y estarás ya harto del menú de ahí". En eso tiene razón. El primer día, el curry tailandés me supo muy rico. Pero el pollo especiado de ayer tenía prácticamente los mismos ingredientes y sabía igual, pese a la diferencia de color. También los postres son todos un poco iguales: un dulce adornado con frambuesas, un palito de chocolate y una bola de helado. Sólo la pinta de Guinnes, que pago yo de mi bolsillo, y que siempre es igual a sí misma, sabe adornarse de los matices que le presta el estado de ánimo cambiante de quien la bebe. Así que aquí voy, diciendo adiós al simpático Marina Hotel, con su aire de club de piragüistas, y de camino hacia el pomposo Granville, con todo su empaque postvictoriano y su fama local de ser el hotel más elegante (más plush, por el derroche de tapicería) de la ciudad.

Mientras tanto, la compañía de seguros se cubre de gloria, en su incapacidad para gestionar algo tan sencillo como un par de pasajes en el ferry de Cork a Santander, que al parecer sólo admite viajeros con coche. Y aquí estamos.

*

Un pequeño detalle, que demuestra que en España la vida es más complicada y desabrida porque nos empeñamos en hacerla así: en los cajeros automáticos de aquí, cuando sacas 100 euros, no te dan dos billetes de 50, que luego suponen un engorro cuando vas a pagar una caña o un café, sino uno de 50, dos de 20 y uno de 10. A esto se le llama facilitar las cosas.

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