REGALOS


1/4/2019

El aeropuerto de Cork está rodeado de granjas, lo que se traduce, primero, en que, cuando el avión inicia la maniobra de aterrizaje, al viajero le cuesta creer que vaya a tomar tierra precisamente ahí, al lado mismo de parcelas donde pastan vacas o rasando traseras de casas en las que se amontonan las pacas de paja y los aperos de labranza; y, segundo, en la sensación de que, precisamente por esa contigüidad con la vida campestre, la presencia misma del aeropuerto supone una violenta alteración de ese espacio. Se baja uno del avión y... huele a establo, que es quizá el más cordial de los olores, con resabios de hogar e intimidad. No sé de ningún otro aeropuerto --aunque la verdad es que no conozco tantos- que huela de ese modo.

A Cork, de todos modos, volveremos otro día. Ahora mi destino es Waterford, a unas dos horas de distancia por carretera, por un paisaje que no desmiente la impronta campesina de la llegada, pero la matiza con la nota de variedad que supone la superposición de mar y tierra en forma de estuarios y marismas. Andamos cruzando precisamente las que se forman en el tramo final del río Blackwater, cuando me sorprende la presencia junto a la carretera, delante del bellísimo paraje, de una pintora plantada frente a su caballete. La envidio de verdad: desde el autobús yo ni siquiera he atinado a hacer fotos decentes. Pero no las necesito. La característica gama de grises está ya en mi retina. Es el segundo regalo con el que hoy ha querido recibirme Irlanda.

*

Por la noche me llevan a dar una vuelta en coche por la ciudad, como para que me haga el dibujo: el casco viejo, que a ellos les gusta llamar "Triángulo Vikingo", en alusión a los fundadores del asentamiento; las calles comerciales y de bares, la afamada fábrica de vidrios, los restos de la muralla medieval. Me gusta lo que veo. Mi guía y anfitriona no para de disculparse por la pequeñez del lugar, como si temiera decepcionarme o pensara que uno está acostumbrado a las dimensiones de una ciudad grande. Pero a mí Waterford no me parece precisamente pequeña, y sí muy recogida y habitable, como hecha a medida de quienes pensamos que una ciudad que no pueda abarcarse en un paseo no merece realmente la pena. Pienso en todo ello en Oskar's, uno de los tres pubs que tengo cerca de casa -otro triángulo, en fin, al que circunscribirse-, donde tomo la preceptiva pinta de Guinnes antes de irme a dormir.

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