ESPUMAS

28/5/2019

Me la cruzo a pocos metros de mi lugar de trabajo. Vive muy cerca, casi al lado, por lo que estos encuentros no son raros. De todos modos, hacía meses que no nos parábamos a charlar. Para celebrar la novedad, nos damos sendos besos en las mejillas. Debe de tener unos quince años más que yo y coincidimos en el mismo centro de trabajo durante un tiempo, antes de que se jubilara, aunque mi trato con ella empezó un día en el que tenía yo una hora de tareas burocráticas y un directivo del centro me pidió que la acompañara a casa porque había tenido un amago de desmayo. Supe entonces que sufría una penosa enfermedad -aunque no me dijo cuál era-, uno de cuyos síntomas más palpables era la parálisis facial, y que tomaba una potente medicación que no siempre la libraba de las crisis que de cuando en cuando sufría. A partir de ahí me paraba con frecuencia con ella a preguntarle cómo estaba, lo que ella parecía apreciar. Luego, como he dicho, se jubiló y yo cambié de destino laboral y pasamos, de encontrarnos en los pasillos del trabajo, a cruzarnos por la calle, como ha sucedido hoy. 

Por decir algo, le he comentado que el curso está acabando ya y que ando ocupado con las rutinas correspondientes: exámenes, calificaciones y demás. Me mira como si no supiera muy bien de qué le estoy hablando, lo que no deja de inquietarme. Y para que esa inquietud no se me trasluzca en el gesto, la resuelvo con una broma: "¡Qué alegría que a uno se le terminen olvidando estas rutinas! Cuando estás inmerso en ellas, te parece mentira que alguna vez vayas a poder quitártelas de la cabeza". Ella asiente tenuemente, no sé si muy convencida. Luego me dice que su rutina, desde hace años, es la de una ama de casa: va diariamente al mercado, cocina, se ocupa de las faenas domésticas. Y que ha olvidado todo lo demás, incluyendo, me dice, "lo mal que lo pasaba en clase con la medicación que tomaba; bueno, y que sigo tomando...". Le doy otro beso para despedirme. A mí me faltan apenas cuatro años para iniciar ese proceso de desconexión. Cruzo los dedos.


*

En contra de mi declarado propósito de evitar a cierto tipo de escritores "internacionales" -ganadores de premios nobeles, por ejemplo, o aspirantes al mismo- he leído una novela de Coetzee que un amigo me ha puesto en las manos. No está mal, desde luego, y sería muy injusto que dijera lo contrario. Pero me confirma todas y cada una de mis prevenciones; entre ellas, la de que todos estos autores parecen escribir la misma prosa, pensando en que resulte traducible cuando les den el ansiado premio y se les vierta a todas las lenguas cultas del planeta; y que, por lo mismo, andan siempre como componiendo el gesto, para que nadie les pueda acusar de ocuparse de cosas nimias ni dude de que lo que verdaderamente les preocupa son las grandes cuestiones que afectan al sentido de la vida y al destino de la Humanidad con mayúsculas; eso sí, convenientemente desglosado en epígrafes que correspondan con la agenda política, social y periodística del momento, no vaya a ser que en algún departamento de literatura dictaminen que sus obras, por carecer de esos elementos, no sea digna de estudio y glosa. 

Boyhood -tal es la novela a la que me refiero- es un cumplido ejemplo de lo dicho. Está escrita en un lenguaje casi meramente enunciativo, con frases cortas y lacónicas: no, desde luego, al estilo de nuestro Azorín, en quien ese estilo reticente y enumerativo era toda una declaración de su modo de ver el mundo y estar en él, así como de la actitud y el tono desde los que quería contarlo; sino como obedeciendo a ese dictado de traducibilidad al que nos referíamos antes. Lo que no significa, por supuesto, que el autor se arriesgue a que lo acusen de carecer de ambición estilística: por el contrario, y para conjurar ese peligro, recurre a un truco tan visible como efectista: confiar la voz narrativa, claramente coincidente con el punto de vista -el de un adolescente que describe su entorno familiar y social- desde el que se cuentan los hechos, a una forzada tercera persona a la que dota de las atribuciones de omnisciencia y subjetividad de la primera. Lo fía todo a ese pobre recurso, y descuida en cambio algo tan elemental como la progresión narrativa del relato o los aspectos constructivos que justifican que éste llegue a ser una "novela" propiamente dicha, y no una sucesión de capítulos monográficos sobre las distintas facetas de la vida del narrador: la escuela, el críquet, los primeros escarceos sexuales, el trasfondo afrikaner del padre, etcétera. Sólo hacia el final, para dar cierta animación narrativa al último tramo de la novela, el autor condesciende a despachar en pocas páginas el relato del fracaso profesional de su padre y la consiguiente ruina económica de la familia. 

Y casi parece uno intuir, mientras lee con cierta impaciencia esta especie de apoteosis final, los parabienes que el autor espera cosechar de críticos y profesores de todo el mundo, ya sea por la "sinceridad" de este relato poco complaciente con el entorno familiar del autor, ya sea por su peculiar estilo. Lo he leído en inglés,que es su lengua original, pero lo mismo hubiera dado leerlo en español o... en chino. Espumas de la literatura, diría uno: lo que aflora a la superficie y es lo primero que ve quien no tiene valor o recursos para bucear un poco más.

Comentarios

Entradas populares de este blog

GASTRONOMÍA

ACEPTACIÓN

Bagajes