FACTUAL

5/5/2019

Todo diario debería ser puramente factual, como los últimos que le publicaron a Josep Pla: mero registro de hechos. Habría menos de lo que arrepentirse porque, a diferencia de las opiniones, que están sijetas a variación, los hechos son inamovibles; a no ser que uno, claro, se empeñe en falsearlos o inventarlos; lo que, bien mirado, tampoco queda lejos del posible campo de acción de un diario íntimo.

Y el caso es que también hay días de los que, si no se consiga los hechos que los han ocupado, no quedaría nada, porque no todos dejan ese poso de observación y puro pensamiento que uno quisiera restar del mero transcurrir. Ha ocurrido, por ejemplo, este fin de semana. Deberíamos haber ido a la sierra, pero M.A., con buen sentido, dijo que no le apetecía hacer en el fin de semana el mismo fatigoso trayecto de carretera que en los últimos tiempos se ve obligada a hacer durante los días laborables; así que nos hemos quedado en casa, a sabiendas de que eso implica que todo aquello que normalmente dejamos a un lado cuando nos vamos a la sierra va a reclamar nuestra atención. Urgía, por ejemplo, que me cortara el pelo, que tenía ya muy crecido. Así que nos organizamos para ir al centro en coche y, mientras M.A. hace la compra de la semana, yo voy a mi peluquería habitual. Mo he tenido que esperar mucho: a mi llegada, el peluquero estaba ya dando los últimos toques al corte de pelo del único cliente. También el propio peluquero se ha cortado el pelo casi al cero y ha dejado de teñírselo de azul, lo que, curiosamente, lo ha rejuvenecido. Hablamos de eso, de los años vividos y de la nostalgia de otra época en la que era posible -dice él y yo me limito a seguirle la corriente- pasar el verano en una cueva en Caños de Meca o despedir el verano con una tamborrada cara al mar... 

Salgo de la peluquería abajo el efecto del cambio de aspecto operado por el corte de pelo y el recorte de barba, por un lado, y el ejercicio de nostalgia, por otro, y en unos jardines cercanos, que atravieso para salir al encuentro a M,A., me encuentro con un conocido que me manifiesta su sorpresa porque la Feria del Libro local, que se inauguró el día anterior, no cuenta con la participación de ningún librero de la ciudad. Ignoraba ese hecho, que también a mí me sorprende, y hago una indagación en las redes sociales, donde un amigo mejor informado me dice que "hay mar de fondo" y se extiende sobre un largo etcétera de mezquinas cuestiones adyacentes. A decir verdad, yo también estaba un tanto escamado porque ninguna librería local me hubiera llamado para "firmar" en su caseta. Pero ando ocupado con otros asuntos últimamente y la verdad es que no había hecho ninguna averiguación al respecto. Y me alegro de que nada mío se vea afectado por estas absurdas polémicas locales que tanto desgastan y de las que nadie se beneficia.

Encuentro a M.A. a la puerta del mercado y juntos vamos a rematar las compras en el súper, antes de volver a casa y tomar el aperitivo en la cocina mientras se cocina el almuerzo, que es lo que más nos gusta hacer en estos días de fin de semana. Por la tarde habíamos pensado ir al cine, a ver la última de Almodóvar, y con ese fin salimos de casa en torno a las siete y media, en dirección a unos multicines del Puerto de Santa María, que son los únicos que todavía la tienen en cartelera. Pero no nos habíamos acordado que este fin de semana había carreras de motos en el cercano circuito de Jerez y que las carreteras están llenas de motoristas ansiosos por lucir la cilindrada de sus vehículos y de gente que temerariamente se alinea a lo largo de los arcenes para jalearlos, lo que resulta un tanto intimidatorio para quien circula entre unos y otros en un modesto utilitario. Damos por supuesto que el ambiente no hará sino empeorar en las horas siguientes, por lo que, juiciosamente, optamos por dejar la película para otra ocasión y volvernos a casa, donde nos aguarda una botella de vino y algunas de las exquisiteces que compró M.A. esta mañana en el mercado.

Y eso es lo que dio de sí el día.

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