LA PREGUNTA CRUCIAL

8/5/2019

Sigo con la pulsión de consignar sólo hechos. Lo que quizá se deba, creo, a que en estos días solitarios -MA está trabajando fuera- el día no se me ordena en función de los ratos compartidos con otra persona, sino estrictamente en función de lo que decida hacer en cada momento. Cuesta un poco. Me pongo a traducir (el encargo de marras) y, llevado por la inercia, no encuentro el momento de poner punto final a la sesión de trabajo, y en vez de terminarla en torno a las 8.30, como suelo, para dirigirme luego al salón y comentar con M.A. las noticias del día, me dan las 9.00, y luego las 9.30, y las 10.00... Cuando me decido finalmente a apagar el ordenador, el día se me ha ido. Ya no hay tiempo ni para leer un poco ni para empezar a ver una película. Si no me acuesto ya, no dormiré lo suficiente antes de que el despertador suene mañana a las 6.30.

Para evitar ese desorden, anoto lo que debo hacer en cada tarde de la semana. Ayer, por ejemplo, antes de ocuparme en otra cosa, quise dejar planteada la declaración de la renta: obtener las claves necesarias, pedir los datos fiscales del año anterior, etcétera. Hoy debo grabar unas declaraciones que me han pedido sobre mi novela para un programa de radio. Mañana... Despacho estos asuntos un tanto mecánicamente, como quien se sienta tras una ventanilla y atiende de mala gana, o con manifiesto desapego, las cuitas que vienen a traerle los sucesivos usuarios del departamento en cuestión. Curiosamente, no se me da mal este modo de trabajar: mata cualquier atisbo de ansiedad y mantiene la mente ocupada. Pero, en los intervalos, me hago la pregunta crucial: ¿qué demonios me gustaría de verdad estar haciendo ahora? No ha respuesta fácil. ¿Leer, ver películas? Pero tengo la vista demasiado cansada. ¿Pasear? Sí, ¿pero con quién? ¿Tomar una cerveza? No bebo entre semana. Mejor lo otro: las rutinas, el trabajo.

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