MANIFIESTO


15/5/2019

Recibo un mensaje de un amigo para que suscriba un manifiesto de apoyo a cierta candidatura a las elecciones municipales. Y, naturalmente, declino la invitación, en la que no sólo veo una cierta desconsideración hacia mi ya demostrada voluntad de no poner en entredicho mi independencia política -que no significa, en absoluto, indiferencia o despreocupación hacia la política en general; más bien todo lo contrario-, sino también un imprudente acto militante cuyo resultado práctico -poner a disposición del poder político una lista de escritores adeptos, así como, por implicación, otra de quienes han rehusado firmar el manifiesto de marras- me parece muy peligroso. Quiero creer que quien tan voluntariosamente se presta a prestar estos servicios al político de turno lo hace desinteresadamente y tendrá la decencia, en el futuro, de rechazar todos los beneficios y sinecuras que puedan derivarse de este acto militante. Y lo pienso de verdad, ay, a pesar de los muchos precedentes que inducen a esperar todo lo contrario.


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He reclamado a la compañía de seguros los gastos que me supuso la prolongación involuntaria de mi estancia en Irlanda, hace unas semanas, y ya me han respondido con una negativa a hacerse cargo de la mayoría de esos gastos -entre ellos, mis comidas-, con una sola excepción: un medicamento que costó dos euros y cuyo importe me reembolsarán si relleno un complicado impreso de reclamación y adjunto no sé cuántos certificados que demuestren que ese medicamento fue necesario. Naturalmente, decido desentenderme de esos complicados trámites; y simplemente anoto en mi cuaderno de personajes singulares el nombre de la señora que, desde una oficina de París, sede de la multinacional aseguradora que responde de mi póliza, administra estas mezquindades y además se sentirá muy satisfecha de tener un empleo vistoso y seguramente muy bien pagado. Y me arrepiento, desde luego, de que haya llegado a sus oídos siquiera una parte de mi, pese a todo, hermosa y enrevesada estancia irlandesa y su complicado viaje de regreso. Quédese ella con los dos euros del medicamento y el importe de mis frugales almuerzos en las cafeterías de Waterford. Lo otro, la amortiguada luz de sus mañanas, los ratos contemplativos en los bancos del Malecón (The Quay) y, sobre todo, la íntima incertidumbre del viajero a quien de pronto se le desbaratan los planes y empieza a vivir bajo otros condicionantes menos predeterminados, más azarosos, más enriquecedores en suma. 


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Y se nos va la vida en estos ajetreos, ay.

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