MÁS HECHOS


6/5/2019

Domingo de limpieza. Bajo a ocuparme del coche, mientras M.A. inicia el cuerpo de casa. Paso el aspirador y encuentro, en las rendijas casi inaccesibles que quedan entre el bloque que alberga la palanca de cambio y los asientos, algún bolígrafo con la tinta ya evaporada y alguna que otra moneda resbalada de los bolsillos: signos inequívocos de que debería limpiar esos huecos con más frecuencia. Luego, con las alfombras ya sacudidas y el receptáculo limpio de polvo y paja, me acerco a la gasolinera a limpiar el exterior con agua a presión. En eso las últimas lluvias habían adelantado parte del trabajo: en menos de cinco minutos la carrocería queda reluciente. Repaso la presión del aire en las ruedas -lo que antes era gratis y ahora cuesta un euro- y con el coche inmaculado e incluso oliendo a nuevo -el cepillo de la aspiradora aplicado a fondo ha tenido la virtud de arrancar de las tapicerías ese olor recóndito- vuelvo a casa, a tiempo todavía de ocuparme de la limpieza del baño. Prefiero esas tareas enérgicas a las delicadas y me las tomo como una ocasión de hacer algo distinto a mis habituales tareas sedentarias. Satisfechos por la labor cumplida, tomamos el aperitivo del mediodía: unas copas de manzanilla y algunas chucherías que sobraron de la cena de la noche anterior. Luego la siesta, durante la que entreveo, entre cabezada y cabezada, un largo documental sensacionalista  sobre "cuestiones inexplicables", desde apariciones de objetos voladores no identificados a asuntos de física recreativa todavía sujetos a discusión. Dudo mucho de la seriedad de planteamiento, pero me agrada el inglés cadencioso del locutor, que me ayuda a inducir el sueño. Cuando despierto, M.A. me dice que hemos quedado con una amiga para tomar la primera taza de caracoles del año. No es frecuente que salgamos un domingo por la tarde: normalmente, dedicamos ese espacio de tiempo a empezar el trabajo de la semana, cada uno ante su banco de galeote, quiero decir, ante su ordenador. Yo tengo ante la mesa la fotocopia encuadernada del poema narrativo de EBB que ando traduciendo estos días. Pero doy por bienvenida la novedad. Los caracoles, por cierto, están muy apetitosos: el caldo, casi una infusión de hierbas, es muy delicado, con un agradable toque picante. También la temperatura es buena, aunque se agradece que la terraza tenga un toldo que proteja de la plena exposición a la intemperie. Somos, quizá, los más sobrios en la concurrencia: el resto parece haber pasado el día fuera y estar apurando las últimas horas de una larga sobremesa en la que no habrán faltado los copazos. Más sobrios, nosotros nos conformamos con un par de cañas y antes de que anochezca estamos ya de vuelta en casa.

Hechos, meros hechos, sin añadido apenas, creo, de excrecencias del ánimo. Pero quizá dicen más de la textura de estos días, inexplicablemente tersos y serenos, que cualquier declaración al respecto. Etcétera.

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