PREJUICIOS



12/5/2019

Como corresponde a la fecha, la explosión floral está en todo su apogeo. Piensa uno en aquello que el evangelio dice de los lirios del campo: "No trabajan, no hilan, más os digo que ni Salomón en su gloria vistió como uno de ellos". Cómo igualar, efectivamente, el colorido, variedad y, sobre todo, delicadeza de angélicas, campanillas, pipirigallos, cardos, amapolas, margaritas y otras cuyo nombre ignoro. Crecen desde una especie de exuberancia enfermiza, en macizos herbáceos en los que da un poco de reparo meter la mano, por la certeza de que por aquí también abundan las ortigas y otras plantas urticantes o espinosas. En cuestión de semanas, piensa uno con cierta melancolía, todo esto será pasto seco. Y de inmediato me arrepiento de incurrir en tanta negatividad. Lo que importa ahora es esta explosión de alegría, esta frescura del verdor salpicado de manchas de color, esta efusión gratuita de la que también participan los pájaros, que cantan como enloquecidos, y los insectos. Los seres humanos, en cambio, estamos un poco de más.


***

La he visto venir: su propio pánico la ha llevado a apretar el paso, en vez de detenerse o retroceder, que es lo que hubiera sido sensato. Pero quién le pide sensatez a una rata. No he podido esquivarla y la he aplastado con la rueda delantera del lado del conductor: hemos acusado el ligero estremecimiento del coche ante esa pequeña irregularidad del pavimento. Y lo peor, a efectos de la contabilidad sentimental que uno lleva de estos sucesos: no he sentido pena, sino... repugnancia, a sabiendas de que el animal que acabo de matar en una zona deshabitada, en medio del campo, no es más inmundo o pernicioso que un conejo o un zorro, pongo por caso. Pero ha podido el prejuicio antes que el sentimiento que, ayer sin ir más lejos, me llevó a detener el paso en una calle escalonada porque tenía delante de mí una aterrorizada lagartija que no encontraba donde esconderse del extraño que parecía ir pisándole los talones con objeto, quizá, de acorralarla. Era bellísima y parecía milagroso que un cuerpo tan pequeño y delicado albergara esa rapidez de reflejos, ese nervio, esa agilidad. Bien mirado, quizá de la rata a la que acabo de matar pudiera decirse lo mismo.

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