SOMBRA

29/05/2019

Nos hemos decidido a sentarnos a tomar una caña en este bar ante el cual llevamos meses pasando, no sin dejar de fijarnos cada vez en los esfuerzos del encargado por proyectar una imagen amable y acogedora de su establecimiento y de lo que en él se ofrece. Es, o ha sido hasta ahora, un bar de hombres que beben en la barra, y de clientela fija: siempre los mismos parroquianos a las mismas horas. Alguno, tan pintoresco como un viejo desdentado al que a veces vemos sentado a una de las mesas que sacan a la acera y sorbe su cerveza a través de una pajita, suponemos que porque no se fía de que sus labios replegados hacia las encías sean capaces de impedir que un trago tomado directamente del vaso se le salga de la boca. Pero últimamente, decía, y a despecho de la imagen que pueda dar su clientela, el encargado se esmera en poner a la puerta unas pizarras en las que anuncia desayunos, una amplia variedad de tapas e incluso algún que otro plato para llevar. Así que nos hemos decidido a sentarnos a una de las mesas exteriores y pedir una cerveza y algo para picar... A nuestro lado, otro viejo ha traído del interior una bolsa de cacahuetes y ha echado unos cuantos en el suelo, al alcance de una perra que tiene la habilidad de pelarlos perfectamente antes de comérselos. Hace mucha gracia verla: es pequeña y fina de líneas, lo que contrarresta la fundada sospecha de que pueda ser tan vieja como su amo. Pero cuando pasan a su lado otros perros más jóvenes e intentan una aproximación juguetona, les ladra implacablemente, dejando bien a las claras que ella ya ha dejado atrás esa fase sociable de su vida.

Y mientras miramos embelesados a la perrita delicada y cascarrabias, otro parroquiano que se ha sentado entre el viejo y nosotros aprovecha para pegar la hebra y contarnos que hace apenas unos días llevó a sacrificar a Sombra, una perra a la que había salvado de morir ahogada en una riada cuando él trabajaba de guarda de coto, y que desde entonces se le había hecho inseparable. Había enfermado de leishmaniosis, un mal incurable que, al parecer, se contagia por la picadura de ciertos mosquitos. 

Sombra, nos dice quien fue su dueño, era la dulzura misma, pero si sospechaba que alguien quería hacerle daño a su amo, no había modo de contenerla. En una ocasión en que éste se interpuso entre dos que se pegaban, y uno de ellos hizo el amago de llevarse la mano al bolsillo de atrás, como quien busca una navaja, la perra se lanzó contra el presunto agresor y le destrozó una pierna a dentelladas. El herido la denunció y nuestro interlocutor tuvo que esconderla hasta después del juicio, en el que declaró que la perra no era suya y que sólo la conocía porque frecuentaba su calle y a veces le daba algo de comer... El juez dictaminó que el amigo de Sombra no había incurrido en ninguna responsabilidad penal. Y éste, en cuanto se cercioró de que podía inscribir legalmente a la perra como suya, lo hizo de inmediato, para impedir que alguien la pudiera denunciar como animal abandonado y peligroso.

A estas alturas del relato ya tenemos claro que de lo que se está hablando no es de los méritos y bondades de los perros en general, sino de la selva y sus leyes y cómo sobrevivir en ella, ya sea a golpes o por sabérselas todas... El bar, desde luego, no nos ha defraudado: por el precio de unas cañas te llevas a casa una bonita historia. Y también, por qué no decirlo, la aprensión de que quizá hemos hecho bien en quedarnos a la puerta -no sólo literalmente- y no ir mucho más allá. Eso sí: volveremos.

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