ABIYÁN


18/6/19

No es uno muy partidario de anotar aquí los sueños: son la antivida y, en ese sentido, lo más alejado de la materia de la que debe ocuparse un diario íntimo, que no es otra cosa que la vida. Traer un sueño a un diario es como hacerlo a una conversación: aburre de inmediato a todo el mundo. Sin embargo, se siente uno impulsado a hacerlo de vez en cuando, movido por las curiosas correspondencias entre estos desórdenes de la fantasía, a los que en general concedo muy poco crédito -a pesar de Freud y de mi temprana lectura de La interpretación de los sueños, que considero una especie de paso en falso en mi formación intelectual, por toda la confusión que aportó a mi adolescencia-, y ciertas realidades que sí son parte de pleno derecho del relato que uno intenta construir aquí de ese conjunto deslavazado de sucesos que llamamos vida. Ocurrió anoche. Se van a cumplir dos años de la muerte de C.V. y ayer soñé que la acompañaba a comprar una enorme maleta o mochila, de precio desmesurado, que pretendía usar, según me dijo, para un viaje a África que iba a empezar al día siguiente y cuya primera etapa acababa en Abiyán, en Costa de Marfil. A continuación, ella me confiaba un billete de veinte euros con el que yo debía ir pagando las provisiones que iba a comprar para el viaje: exactamente, un paquete de arroz, por el que pagué 1.50 euros y recibí el cambio correspondiente. A partir de ahí, el sueño toma otras ramificaciones, que ya casi he olvidado, o que no me dicen nada. Pero se me han quedado grabadas las nítidas imágenes en las que soñé los sucintos datos que acabo de dar. Y lo curioso es que C.V. -lo he anotado ya en alguna entrega anterior de este diario- fue una gran viajera, y que en un viaje a Centroamérica contrajo una infección digestiva crónica que tuvo que vigilar durante el resto de su vida, y que siempre he pensado que pudo influir en la larga enfermedad que acabó por matarla y que los médicos no diagnosticaron con precisión hasta el final. ¿Qué sentido puede tener que yo la acompañe a elegir la maleta que necesita para otro largo viaje, y que en los preparativos de éste sea mi mano la que abone el precio de un inofensivo paquete de arroz? De alguna manera que no sé precisar, sé que el sueño tiene que ver con la muerte. Y aquí lo dejo, antes de aburrir más al posible lector con sus implicaciones, a las que sigo dando vueltas.


*

Siempre he pensado que me vendo barato, que es algo en lo que suelo reparar cuando veo lo caro que se tasan algunos. Pienso en mi tiempo: me cuesta negarlo a cualquiera que lo requiera. pero conozco a quien, cuando uno hace siquiera el ademán de ir a robarle un instante, de inmediato te dice lo ocupado que está y te emplaza para otra ocasión. Yo no sé hacerlo, o lo hago mal, lo que suele redundar, cuando lo intento, en una redoblada ofensa, porque nada nos parece más injusto que de pronto alguien nos quiera subir el precio de lo que regala a manos llenas a otros.

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