DESCONOCIDOS


31/5/2019

Viernes. Literalmente, me he escapado del trabajo: con una triquiñuela he esquivado una reunión que tenía de 12.30 a 1.30 y, aprovechando un hueco anterior, he salido a las 11.30, lo que me deja dueño de la mitad de la mañana. Para celebrarlo, me he parado a desayunar en un bar en el que nunca antes había entrado, pero que está a la mitad justo del trayecto de unos quince minutos entre mi lugar de trabajo y la calle donde suelo dejar el coche. Hoy no quiero correr, así que aprovecho la ocasión de demora, que es también, por introducir un insignificante cambio en mi rutina, una novedad que abre la puerta a una deriva imaginativa distinta. De momento, aquí no conozco a nadie, y la camarera, o quizá encargada, es de las que parecen alegrarse de que un desconocido de pronto haya decidido entrar en su negocio. Que no está muy concurrido, quizá porque ya ha pasado la hora punta en la que los empleados de las empresas colindantes salen a desayunar. Ahora sólo lo hace un anciano solitario y una pareja formada por un hombre musculoso en camiseta de tirantes y con los brazos muy tatuados y una mujer que luce un gracioso peinado con dos cocas, como una niña pequeña: parecen dos "modernos" de hace treinta años. En todo el tiempo que paso en la cafetería no dejan de mirarse y sonreírse muy tiernamente, apenas sin hablar, aunque quizá el hombre tiene también un ojo para vigilar cuanto sucede a su alrededor, lo que me hace pensar que, si los miro más de lo debido, se dará cuenta enseguida y quizá se moleste. Mientras tanto, se me ha acercado la camarera y ha tomado nota de mi pedido, que no tarda en servirme. Mientras doy cuenta del café y la tostada, hago como que leo, aunque la verdad es que no consigo concentrarme, porque también este bar, a pesar de que posee todos los elementos para ser muy acogedor, tiene la música de fondo -un programa de "radio fórmula"- puesta a todo volumen. Así que, pese a mis prevenciones, me distraigo mirando al de los tatuajes y su novia y de vez en cuando echo una miradita también al viejo junto a la ventana, que parece absorto en sus pensamientos. Qué extrañas relaciones establece uno con los desconocidos con los que coincide momentáneamente en ocasiones así, y a los que es posible que no vuelva a ver nunca. A mi modo, también yo tengo mis rarezas, en las que quizá otros hayan reparado: a la camarera, por ejemplo, parece llamarle la atención que yo haya sacado un libro y lo mantenga obstinadamente abierto junto a la tostada. Cuando termino, le pido la cuenta: uno cincuenta. Debe de ser el bar con los desayunos más baratos de la ciudad. Bien pensado, es otro aliciente. A mi edad, hay que ir pensando en lo que hará uno dentro de poco para estirar la pensión.

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