INTERFERENCIAS




17/6/19

El mismo amigo que me prestó hace unas semanas la novela de Coetzee, y que se ve que quiere ponerme al día en lo que a mis lecturas se refiere, me presta ahora un libro del norteamericano David Foster Wallace, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, un reportaje seriado sobre un crucero por el Caribe que el novelista hizo por encargo de la revista Harper's y publicó en 1997. Empiezo a leerlo con resquemor... ¿De verdad voy a desviarme de mi apurado programa de lecturas para dedicar varias sesiones a un libro cuyo título nunca habría llamado mi atención en una librería? Pero el caso es que empiezo a hojearlo y finalmente me engancha, en parte porque reconozco que tengo cierta debilidad por las sátiras destructivas -aunque respondan a una actitud ante la vida a la que intento oponer una actitud intelectual más ecuánime y empática-, y en parte porque la traducción -esta vez me han prestado el libro en castellano- es fluida y contribuye bastante a que este torrente de fundada  negatividad fluya como es debido. El asunto, desde luego, se presta a esta clase de abordaje: los comportamientos de una multitud de burgueses adultos encerrados durante toda una semana en un medio que, se supone, ha de proporcionarles diversión constante y satisfacción inmediata de todos sus caprichos inducen fácilmente en un espectador distanciado la clase de indignado asombro, con derivas hacia cierta desesperación existencial, del que hace gala Wallace. También el protagonista-narrador de "El crucero y todos los demás", una nouvelle sobre el mismo asunto que Felipe Benítez Reyes incluyó en su libro Cada cual y lo extraño (2013) recae en ese estado de ánimo, con efectos discursivos muy parecidos. 

Algo de todo esto comento a la persona que me ha prestado el libro, cuando llevo leído aproximadamente la mitad. Hago hincapié en la extraña pero efectiva comicidad resultante del contraste entre la banalidad del objeto de estudio y las desoladoras conclusiones que el observador extrae de todos y cada uno de los pequeños hechos que lo conforman: desde el afán antinatural por parte del personal del barco de adelantarse a los más pequeños deseos de los pasajeros a las variaciones que el ánimo del observador experimenta a lo largo del viaje, y que se traducen en un progresivo proceso de infantilización, así como en un sentimiento de inmersión en una irrealidad que de algún modo incapacita para el regreso a la vida cotidiana; sin contar, en fin, las decenas de agudos comentarios sobre el trasfondo de desigualdad, explotación económica e incluso racismo que subyace a este modo aparentemente inocente de divertirse. Comento a mi amigo todo esto y me aporta un dato que yo, en mi absoluta desinformación, no conocía: que el autor de esta inspirada sátira, casi coetáneo mío (nació en 1962), se suicidó en 2008, a los 46 años de edad.

Y ahora leo las páginas que me quedan de su libro bajo una impresión muy distinta: la despiadada comicidad derivada del contraste al que aludía me parece ahora dotada de otra intención. No, Wallace no se divertía extrayendo desmesuradas conclusiones del irracional comportamiento clasista, consumista y gregario de sus compañeros de viaje, sino que realmente experimentaba las extremosas reacciones de misantropía que ocupan su discurso... Y no sé si estoy bajo los efectos de esa interferencia de lo biográfico contra la que advertían los críticos formalistas o, simplemente, que me faltaba esa clave para entender la literatura de este desdichado coetáneo, al que ahora leo con infinita pena... 

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