CÁDIZ-ALMAGRO


8/7/2019

Cádiz-Almagro. Google Maps sugiere que la ruta más corta es la que implica desviarse de la autovía radial a la altura de Montoro (Córdoba) y cruzar Sierra Morena por la Nacional 420. El trayecto, asegura la mencionada aplicación, es cuarenta minutos más corto que si se sigue la autovía y se cruza por Despeñaperros. No sé. Lo que sí es cierto es que, a diferencia de la radial, saturada de tráfico, en la carretera nacional puede uno contar con los dedos de una mano los vehículos que se cruza entre Montoro y Puertollano, lo que es muy de agradecer en estos días de desplazamientos masivos a comienzos de julio. También el paisaje es agradecido. No tiene la espectacularidad de Despeñaperros, pero, por lo mismo, el paso, casi sin solución de continuidad, de los olivares andaluces al paisaje mesetario resulta incluso más sorprendente por producirse de forma gradual, que es tanto como si advirtiéramos en su diseño una elegante renuncia a los efectismos, una gradación de efectos que va más allá de los azares geológicos. Recuerda uno lo aprendido en la escuela respecto a la altitud de las dos submesetas, por ejemplo: va uno leyendo, en las indicaciones, la cota de cada uno de los puertos por los que pasa y, hechos los descuentos correspondientes, halla que la suma sale: ahí está, ante la vista, tan extenso como la interminable recta de carretera que se extiende ante nosotros una vez pasada Sierra Morena, el casi infinito valle de Alcudia, con sus 900 metros de altura sobre el nivel del mar, flanqueado de pinares y encinares de repoblación que matizan, con sus verdes saturados, el color pardo-rojizo de la tierra. Mira uno el reloj. Antes de las dos de la tarde debemos estar en Ciudad Real, donde recogeremos a C. en la estación del Ave. Echa uno de menos la posibilidad de detenerse media hora a hacer fotos o dibujar. Pero tampoco hay donde hacerlo: lo escasamente concurrido de la ruta explica quizá que, entre Montoro y Puertollano no haya apenas gasolineras, ni áreas de servicio, ni miradores que inviten a la parada. Parece que el paisaje más bien insta a los sobrevenidos curiosos a pasar de largo, sin entrar en engorrosas intimidades. Luego, a la vuelta, ya sin prisas y con otra perspectiva -las gasolineras existentes salen al paso en ese sentido de la marcha-, descubrimos que por esos parajes se encuentra Fuencaliente, que se anuncia como un socorrido destino de turismo rural. Pero ahora sólo advertimos la extrema soledad de estos parajes, su sugerencia de un país no saturado aún ni por el urbanismo ni por las multitudes ansiosas que van de un lado a otro.

Pero la impresión dura poco. Pasado Puertollano -una engorrosa travesía, pues la carretera no circunvala el pueblo- y enfilando la autovía que llega hasta Ciudad Real, uno casi se olvida de que acaba de atravesar uno de los parajes más recónditos de España. Lo primero que hago, al poner los pies en la moderna -y feísima- estación del Ave es comprar una botella de agua. Traigo la boca seca. Y ahora pienso en la enorme contrariedad que hubiera supuesto que el coche se hubiera averiado a mitad de camino, en medio de la nada.

*

Los torreznos de este restaurante de Almagro: se pueden cometer pecados peores, pero ninguno tan... premeditado como la laboriosa cocción que uno adivina para conseguir que un trozo de tocino se convierta en una elaborada exquisitez. Que contradice, además, todos los principios prácticos en los que suele fundamentarse la cocina popular, que es básicamente el arte de vestir el hambre. Un hambriento se hubiera limitado a comerse e mencionado taco de grasa, en vez de someterlo a experimentación hasta lograr convertirlo en una especie de híbrido entre la confitería y el asado. Claro que también cabe la posibilidad de que el experimentador fuera... un desganado.

*

No es un tópico: aquí, en la Meseta, el cielo está más alto -lo que no deja de ser una contradicción-. Y el hecho de que esté siempre salpicado de nubes rápidas parece una invitación a que el espectador, alargando el brazo como para rozarlas, quiera comprobar esa verdad esencial: a novecientos metros de altitud media sobre el nivel del mar, el cielo no sólo no está más cerca, sino que tiende a... retraerse.

Comentarios

PeBoRe ha dicho que…
Tienes usted toda la razón. Dan ganas de traerse las nubes entre las uñas, y de salir corriendo de allí. También, de quedarse para siempre. Algo de magia tiene esa zona.

Entradas populares de este blog

GASTRONOMÍA

ACEPTACIÓN

Bagajes