EL CASO DEL CUADRO ROBADO


23/7/2019

Animosa A.: se rompió el fémur hace unas semanas y ya se ha recuperado lo suficiente para atreverse a salir, apoyada en unas muletas. Es una mujer extraordinaria, que a los setenta y muchos años conserva todavía la belleza de la que dan testimonio las numerosas fotografías suyas que, no sin coquetería, exhibe en su casa y en las que muestra un cierto parecido con Ingrid Bergman. También sus hermanas son bellísimas: las he conocido en estos días, en los que A. no ha dejado de recibir visitas. Otra, en sus circunstancias, se las hubiera arreglado con los turnos de ayuda que, más o menos a regañadientes, hubieran organizado sus hijos e hijas. A. no los tiene, y por eso cuenta con la asistencia, no de un hijo o dos, sino de decenas de personas que la quieren y con quienes ella misma ha sido generosa en otras ocasiones. Él único que se queja, en broma, es su marido, a quien la coyuntura quizá haya restado algo de su libertad de movimientos. Pero más bien sucede lo contrario: el hecho de tener que hacer de anfitrión de tantos visitantes le proporciona las mejores excusas para acudir con algunos de ellos -especialmente, con la parte masculina, que se cansa pronto de la conversación en torno al lecho de la impedida- a la barra del bar de la plaza, que, junto con su huerta y los ratos que dedica a bichear por internet y profundizar en sus indagaciones flamencas, es una de sus distracciones preferidas. Desde allí ejerce su cargo oficioso de presidente-alcalde de la república de San Antón, que le fue conferido por los vecinos hace años, en una divertida simulación de declaración de independencia del barrio, antes de que otras declaraciones de independencia se convirtieran en asunto de controversia nacional. Ahora todos celebramos la rápida recuperación de la presidenta. Y así vamos escribiendo nuestra modesta historia.

***

La nueva inquilina de la casa de al lado es partidaria de tener puertas y ventanas siempre abiertas, y por ellas veo que es aficionada a la pintura y que decora su casa con grandes cuadros, quizá pintados por ella, y que a mí me recuerdan, por su formato, a uno que le robaron a C. en las puertas mismas de nuestra casa, hace años. Ella lo había pintado en un concurso de pintura rápida en un pueblo cercano; y, para evitar que el olor a óleo fresco invadiera la casa, lo dejó a la puerta, para que se secara. A la mañana siguiente ya no estaba allí, y desde entonces me pregunto si alguno de los habitantes de las casas colidantes aprovechó la ocasión para meterlo en la suya. Quizá pensara incluso que se trataba de un objeto abandonado, como muchos que los vecinos dejan junto a los contenedores de basura de la calle, de dónde a veces he tomado yo una tabla procedente de un fondo de cajón o un listón de madera arrancado a una silla. El caso es que, confrontado con la posibilidad de que el cuadro robado algún día aparezca, me pregunto qué haré en ese momento. Imagino la ocasión: un motivo cualquiera hace que un vecino me franquee la puerta de su casa. Y entonces veo el cuadro allí, presidiendo su salón.  Es posible incluso que ignore su procedencia: a lo mejor fue un inquilino anterior quien lo puso allí... Entonces yo le explicaré el caso y le rogaré que me deje llevarme el cuadro... ¿Aceptará por las buenas? ¿Me tomará por loco? En fin, con estas fantasías distraigo los ratos muertos, mientras veo de reojo, al otro lado del patio, la esquina de uno de los cuadros con los que mi vecina adorna la habitación frontera a ésta en la que redacto estas líneas, que ella seguramente me oye teclear.                                                                                     

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