LA HIGUERA


2/7/2019


Salimos a pasear y nos dan las once de la noche hablando en la plaza con los vecinos, que salen a la fresca a regar las macetas y arriates con los que adornan por propia iniciativa el espacio común. No todo, desde luego, es tan idílico como parece. Hay quejas, por ejemplo, sobre los destrozos que los vándalos de turno causan en ese patrimonio común. El otro día, cuentan, hubo quien, para llevarse unos tiestos de barro, que no cuestan nada, no tuvo el menor reparo en volcar la tierra y las plantas -éstas sí verdaderamente valiosas- que los ocupaban. Ha habido también problemas -y parece cómico, pero no lo es- a propósito de un burro al que su propietario deja suelto en la parcela comunal que ocupa el talud del mirador al que se abre a plaza y que los vecinos tratan de adecentar. El mencionado animal se come las plantas sembradas a tal efecto y su propietario arguye, no siempre de buenas maneras, que el burro estaba allí antes que esas plantas de ornamento y que tiene derecho a pastar allí... En estos conflictos salen también a relucir viejas rivalidades: se da la circunstancia de que en el barrio son mayoría las personas procedentes del pueblo vecino y el dueño del burro y sus familiares piensan que su uso del espacio colectivo es un acto más de usurpación causado por una especie de horda invasora... 

Es fácil ver en estos conflictos absurdos -e insisto, nada risibles, porque desembocan a veces en feroces discusiones que podrían faćilmente derivar a amenazas e incluso a agresiones- un trasunto de todos aquellos que, sin parecerlo tanto, ocupan buena parte de nuestro tiempo y nos mantienen permanentemente en un estado de irritación general. Por eso es instructivo observar los que tienen lugar en este microcosmos: la misma mezcla de injustificadas cerrazones, enquistadas fobias e irrazonable altivez que causa, a otro nivel, los grandes conflictos sociales y políticos que marcan el tono de los tiempos.

Pero no ha venido uno aquí a extraer moralejas, sino a disfrutar del fresco y de la buena compañía del vecindario. Y a oír otras historias que, más allá de los conflictos, tienen su encanto. Por ejemplo, el de un brote de higuera bravía que ya parece haberse consolidado, pero cuya historia tiene trazas heroicas. Creció entre malas hierbas en el rincón de la huerta donde nuestro amigo M. acumula rastrojos y cargas de estiércol. Cuando tocó hacer limpieza, M. arrancó la mata sin ninguna consideración y la arrojó a un rastrojal, donde volvió a arraigar. Conmovido, el propio M. la rescató de allí y le encontró acomodo en la fila de arbustos y árboles ornamentales con la que los vecinos andaban adecentando la mencionada parcela comunal. Allí casi acaba con ella el burro suelto del que hablábamos antes, y todavía no había terminado de recuperarse de esa agresión cuando un rebaño de cabras que, por descuido de su dueño, había invadido el jardín en ciernes volvió a ponerla al borde de la extenuación, sin hojas y casi sin tronco, porque las cabras tienen por costumbre comerse también la corteza de los árboles jóvenes. A pesar de todo eso, ha sobrevivido y ahora luce hojas nuevas. Le he comentado a M. el arranque de un cuento del peruano Julio Ramón Ribeyro en el que menciona a la "higuerilla" silvestre que crece al pie de los acantilados costeros y en la que la voz del narrador quiere ver un trasunto del tenaz espíritu de supervivencia que caracteriza a los protagonistas. No sé si será la misma planta que aquí llamamos "higuera bravía"; pero, en cualquier caso, su historia de tenacidad es comparable.

Y así va pasando la velada,

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