LO QUE HOY


9/7/2019

Vistos en ropa de calle y cruzando la plaza, los actores que hace un rato habíamos visto representar La dama boba en un escenario al aire libre parecen otros: unos más altos de lo que parecían sobre el escenario, otros no tanto. La que hacía de protagonista, en particular, a la que su papel empequeñecía hasta hacer de ella poco menos que una niña, es -lo vemos ahora con asombro- una mujer casi tan alta como el chico que lleva a su lado, que en la obra, en los múltiples papeles que en ella interpretaba -de gañán, de fregona, etcétera- parecía mucho más alto y fornido. No se explica uno muy bien este trampantojo, salvo por el efecto ilusionista, no ya de la simple posición encumbrada sobre las tablas, sino del propio papel y de su interpretación, que es lo que hace que el público termine viendo en esta desenvuelta muchacha que ahora se dirige a las terrazas de la concurrida plaza lo que no es: una niña desvalida y un tanto desasistida de recursos intelectuales -hoy su grado de retraso estaría cuantificado y figuraría en su expediente escolar-, que en cierto modo espabila -y el brill
ante texto de Lope recoge a la perfección todos los matices del proceso- al verse requerida de amores y constatar en ella su propia respuesta emocional a la nueva circunstancia. No es que se haga "sabia" o, como su hermana, "bachillera", sino que simplemente amplía su espectro de emociones e  instintivamente aprende a hacer uso de esos nuevos conocimientos.

Vimos la obra en una plaza al principio sentados en un bordillo, y luego ocupando unas sillas que quedaron libres. El público eran los vecinos del barrio. Y llamaba la atención el comedimiento con el que siguieron la representación, que duró hora y media. Ni siquiera los niños alborotaban y prácticamente nadie se saltó la recomendación de mantener los móviles en silencio y no hacer fotos. ¿Será verdad, después de todo, esa vieja petición de principio que viene a formular que, si a la gente se le acostumbra a estas cosas, aprende a apreciarlas? Eso parecía. Aunque no dejaba uno de pensar en el ambiente que habría rodeado a esta obra en el momento de su representación, en esos teatros de corte en los que convivían villanos y aristócratas, gente que sabría apreciar las perlas de ingenio de los momentos más poéticos del texto y gente a la que sólo divertirían las chuscadas que intercambiaban gañanes y fregonas. En fin, más o menos lo que hoy.

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