MANÍAS


30/6/2019

Una gestión familiar me lleva a una sucursal de barriada de la caja de ahorros. Voy ya prevenido: sé que el director es correoso y que atosiga a su clientela, mayoritariamente compuesta de ancianos que cobran allí su pensión, para hacerles suscribir productos y servicios que no necesitan y, naturalmente, cobrarles por ellos. Él seguramente debe de tener la conciencia muy tranquila: Pero la verdad es que el panorama humano que ofrece la mencionada sucursal a primera hora de la mañana debería conmover a cualquiera. Es día de paga y al menos una treintena de ancianos hacen cola para cobrar la suya. De ellos, la mitad va en silla de ruedas o se apoya en andadores. Otros llevan bastón y sólo unos pocos parecen capaces de moverse por sí mismos sin un apoyo añadido. La espera es anormalmente larga: la cajera es inexperta y no está acostumbrada al trato con esta clientela que se explica mal y a la que le cuesta concretar sus peticiones sin añadir toda clase de explicaciones innecesarias. Algunos, para no guardar cola en vano, se acercan antes a la máquina que lee y actualiza las cartillas de ahorro, para que les confirme que han cobrado. Pero la máquina es caprichosa y no funciona con todas las libretas, algunas de las cuales están en el estado que cabe suponer cuando quien las manipula tiene las manos temblonas y no atina a hacer movimientos precisos. Para hacer tiempo yo también, me fijo en otros detalles: el enchufe al que está conectada la máquina susodicha está cascado y deja ver sus tripas. Todo da una lamentable impresión de dejadez y abandono, y resulta un tanto incongruente que, en medio de ese panorama pobretón y descuidado, el interventor que parece estar al cargo luzca un pulcro terno gris y despache sus asuntos con un gesto de suficiencia orgullosa que resulta un tanto intimidatorio. Sería mejor, quizá, que sonriera y se mostrara comprensivo. Y que diera las quejas a sus superiores por el lamentable estado de esa oficina destinada a atender a una clientela tan desvalida, la misma quizá que, en décadas precedentes, acudió a esa misma oficina a endeudarse de por vida para comprar sus modestos pisos. 

Cuando me llega el turno, no puedo evitar mostrarme yo también displicente y antipático con el mencionado empleado, al que de inmediato le he tomado ojeriza. Él se ha dado cuenta: como soy el único en la larga cola que parece gozar del dominio pleno de sus facultades -quizá sea mucho decir-, me ha identificado de inmediato como enemigo potencial. Para tomarme la medida, emplea conmigo algunas triquiñuelas: finge, por ejemplo, no entender el número de mi carné de identidad, que está un poco arañado de ir en la cartera. 

Termino mi gestión y salgo de allí con la sensación de alivio con la que se abandona un hospital o una residencia de ancianos. Hay vida más allá, y es posible que en las gestiones que me queda por hacer hoy me atiendan en sitios luminosos, limpios y eficientes. También sé que llegará un momento en el que no me quepa esperar otra cosa que ese trato de impaciente deferencia que se les dispensa a los ancianos. Para entonces, ay, espero estar prevenido.


*

Pero se ve que no tengo suerte con el comercio estos días. Para celebrar el comienzo de las vacaciones, hemos cenado en un afamado restaurante local. La comida estaba buena y el servicio era atento y eficiente. Pero... he jurado no volver jamás, porque la sonoridad del lugar es infame y las voces y risas del resto de la clientela se traducen en un estruendo que no nos permite cruzar palabra y que acaba lastimando los oídos. Se me ha hecho muy penosa la hora aproximada que he pasado allí. Y he sentido deseos de pedir el libro de reclamaciones y dejar constancia de ello, pero no lo he hecho porque sé, por experiencia, que las quejas de este tipo no son percibidas como genuinas constataciones de una deficiencia en el servicio, sino como manifestaciones extemporáneas de un quisquilloso o un maniático. Y es posible que yo sea ambas cosas; y como es prerrogativa del loco no pasar por tal en su casa ("Más sabe el necio en su casa que el cuerdo en casa ajena"), allí me quedaré la próxima vez.    

Comentarios

Entradas populares de este blog

GASTRONOMÍA

ACEPTACIÓN

Bagajes