NOSTALGIE DE LA BOUE


21/7/2019

Detesto esta sensación de embotamiento, que parece ser el precio que hay que pagar por los ratos de ocio en compañía. Llevo así dos días seguidos. E impremeditadamente. Anteayer, por ejemplo, habíamos salido al mediodía con la sola idea de tomar el aperitivo -un par de cañas, a lo sumo- y volver a casa a almorzar. Pero coincidimos en la barra con unos conocidos a quienes, como es costumbre aquí, invitamos a compartir nuestra ronda, a lo que ellos correspondieron con nuevas invitaciones que progresivamente fueron incorporando algunas raciones de comida. Pasamos de la cerveza a los vinos, y de éstos a los licores. En fin. Cuando desperté de la siesta tardía, a tumba abierta, ya era casi de noche. 

Ayer la ocasión no conllevó la pérdida del día. Nos habíamos citado para cenar con unos amigos. Pero la terraza estaba concurrida y la comida se alargó más de lo previsto; y no es que estuviera mal: fue una velada muy agradable. Pero, cuando regresamos a casa, me ocurrió lo habitual en estos casos: no puedo acostarme de inmediato y me mantuve desvelado ante el televisor hasta casi las tres de la mañana, lo que hizo que hoy, al desvelarme en torno a las nueve, que es más o menos mi hora límite para permanecer en la cama, acusara de inmediato el déficit de sueño y el cansancio de dos días de excesos. Y así. 

Sé que mañana me sentiré mejor y que la semana transcurrirá por sus cauces habituales: rutinas domésticas, un poco de lectura y/o escritura y/o pintura, un paseo por la tarde para descansar la vista y estirar las piernas. Puede que entonces sienta el remordimiento contrario, la nostalgie de la boue, que decía el poeta. Y así se nos ha ido ya, como quien dice, la mitad del verano.

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