PERTINENCIA


11/7/19

Los colombianos que regentan el bar podrían ser padre e hijo. El local está decorado con carteles enmarcados que en su día anunciaron diversos eventos culturales, casi todos relacionados con el teatro, como es de rigor, aunque también hay algunos dedicados a actos literarios, casi todos ellos protagonizados por poetas hispanoamericanos. En uno de ellos, curiosamente, uno de los personajes que aparecen fotografiados se parece mucho al mayor de los dos camareros. Pero el hombre, a diferencia de otros dicharacheros compañeros suyos con los que hemos tratado estos días, es tan comedido y parece tan empeñado en limitar su trato a lo concerniente al servicio, que no me atrevo a preguntarle. Lo curioso es que estamos aquí por pura casualidad: en realidad, veníamos a la pizzería vecina, pero la hemos encontrado cerrada. Nuestra intención era almorzar algo sencillo y reservarnos para la cena.

Así que, bajo la égida del camarero que quizá sea también poeta, damos cuenta del menú del día, que se ajusta a nuestras expectativas, y repasamos la mañana, que hemos dedicado, como la de ayer a explorar los alrededores. Aunque con menos éxito: buscábamos ciertos baños de aguas sulfurosas, de los que nos había hablado la guía del yacimiento de Calatrava la Vieja. Y damos sin gran dificultad con el hito de referencia, que es el hermoso santuario de la Virgen de las Nieves, mandado construir por el célebre marino don Álvaro de Bazán, quien, al parecer, se encomendó a tal advocación antes de la batalla de Lepanto y, en un momento apurado de la misma, cuando iba a ser alcanzado por dos balas de cañón turcas, invocó a dicha Virgen -de cuyo nombre no se acordaba, pues la llamó "la de al lado de Almagro"- y las dos balas cayeron sin fuerza a sus pies. Eso dice la placa que adorna el busto del marino que recibe a los visitantes a la puerta del recinto. Pero, cuando preguntamos por los baños, que deben de estar en las inmediaciones, la encargada nos dice que, si queremos, nos da la llave, pero que nos recomienda que no vayamos, porque hace dos años que andan secos y durante ese tiempo han estado desatendidos, por lo que ahora presentan un estado lamentable.

En cualquier caso -nos consolamos- la excursión ha merecido la pena. Y ha dado también ocasión para que confrontemos la página heroica que acabo de resumir con la representación teatral que nos ocupó la noche anterior, un monólogo en el que el propio Lázaro de Tormes daba cuenta de las vicisitudes de su asendereada vida. Guarda uno un muy exacto recuerdo de esta lectura escolar, a la que no he vuelto desde mis tiempos universitarios. Pero resulta curioso confrontar la impresión que causa el lamentable relato que este desgraciado hace de su vida, y en el que quedan perfectamente retratadas las lacras y contradicciones de la sociedad de su tiempo, con el sentimiento de desafección ciudadana que ha causado la devastadora crisis económica que hemos padecido en los últimos años, y que se manifiesta en algunas “morcillas” anacrónicas que el actor monologante, que también se queja de las inclemencias del presente, introduce en su texto.

El entorno, desde luego, favorece ese rápido trasvase de sensaciones entre la novela del siglo XVI y la realidad de hoy. Paseamos al día siguiente bajo los soportales de la Plaza Mayor de Almagro y nos parece que cualquiera de las columnas que los sustentan podría haber servido para el engaño con el que Lázaro se libra del ciego que tan mala vida le había dado, y al que, recuérdese, animó a saltar con todas sus fuerzas contra un pilón de piedra, so pretexto de que había de salvar un torrente por su punto más estrecho.

Yo mismo, de vuelta a casa bajo la sombra de esos soportales, que algo alivian el peso de la temperatura de treinta y nueve grados que se ha alcanzado hoy, hago la pantomima de remedar dicho salto y estrellarme, como el desmedrado ciego, contra una de las columnas de mármol. Esta noche, para cerrar esta semana de inmersión en nuestros Siglos de Oro -que lo fueron también, como casi todos los que nuestra Historia, de miseria y mal gobierno-, volveremos a Lope: El perro del hortelano, que es una obra de cuya adaptación al cine a cargo de Pilar Miró guardo también un preciso recuerdo. Pero algo me dice que, en consonancia con mi ánimo de estos días, la representación de hoy aportará a ese recuerdo una renovada pertinencia.

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