PROTOCOLO


5/7/2019

En la biblioteca municipal de PR. Hace años, recuerdo, una de las cosas que me gustaba de esta biblioteca, modesta pero digna, era su sección de revistas, en las que había algunas de referencia, desde Revista de Occidente a Clarín, además de Quimera, Ínsula, El Paseante y muchas otras. Hubo una época en que llevaba a mi hija por las tardes a no recuerdo qué actividad extraescolar que tenía lugar en unas dependencias colindantes. Yo la esperaba en la biblioteca, hojeando las revistas o curioseando en la sección de poesía, en la que encontré una de las primeras ediciones, si no la primera, del Ciclo de Bronwyn de José Eduardo Cirlot, cuyos extraños pero resonantes versos se me han quedado como emblema de esas tardes que hoy me parecen tan sumidas en un pasado insondable como el tiempo mítico del que habla el largo poema secuenciado de Cirlot. No he vuelto apenas por allí desde entonces. Y esta mañana lo hice porque tenía curiosidad por hojear el último número de Ínsula, que es un monográfico dedicado al haiku contemporáneo en español, y en el que va uno mío. Y para mi sorpresa -relativa, todo hay que decirlo, porque algo me barruntaba-, por la sección de revistas parecía haber pasado un tornado que hubiera dejado las bandejas medio vacías: sólo había algunas revistas populares de quiosco, las mismas que uno encuentra en la consulta del dentista, y suplementos semanales de periódicos. Por supuesto, ninguna de las revistas que mencioné antes, u otras de la misma categoría. Pregunto a la encargada, que me dirige esa mirada un tanto oblicua con la que los funcionarios baqueteados miran a los importunos. "¿Ínsula? Yo no me encargo de eso. Pero ayer mi compañera estuvo colocando las revistas a las que estamos suscritos y no me suena que hubiera ninguna que se llamara así". Y con esa respuesta, que es tanto como decir con el rabo entre las piernas, me vuelvo a casa.


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Casas de viejos. De viejos, todo hay que decirlo, a quienes uno tiene un inmenso cariño. Llevo meses emplazándoles a que se dejen ayudar en las tareas domésticas, con las que ya no pueden. Implacable negativa. Ellos, dicen, se bastan por sí mismos. Y para probarlo, me enumeran las tareas domésticas que han efectuado en los últimos días. "Hoy no. Hoy estamos cansados", concluyen, en un tono en el que advierto cierta picardía, la del escolar que se excusa por no tener los deberes al día. No insisto en la cuestión. Me basta con prestar oídos y ellos mismos, al extenderse sin límites sobre esto y aquello, me hacen un relato bastante preciso de su situación. A su alrededor, me dicen, sus coetáneos van cayendo en la enfermedad, el desvalimiento, la muerte. Ellos todavía ven muy lejos esas eventualidades, aunque saben hacer sus cuentas y saben que las leyes de la probabilidad tienen su fundamento. Yo también lo sé, aunque tengo también pruebas de alguna que otra dolorosísima excepción en lo referente a las edades en las que cabe esperar según qué cosas. 


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Cuestiones de protocolo: en un radio de, pongamos, mil metros a la redonda, me permito llevar pantalón corto en verano. Más allá, pantalones largos. No me pregunten por qué.

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