RUINAS


10/7/2019

Impremeditadamente, el programa de representaciones que hemos cerrado es casi un ciclo monográfico dedicado a Lope de Vega. A la noche siguiente, El castigo sin venganza. Son curiosas las similitudes entre esta tragedia y la comedia de ayer. Ambas tratan de las prevenciones de un padre para intentar ajustar a sus deseos el futuro de sus hijos. Pero la tragedia introduce un matiz nuevo, quizá implícito en la otra, pero no enunciado en ella con la misma claridad: sobre el padre en cuestión, el duque de Ferrara, pesa un claro sentimiento de culpa por su vida disipada, de la que pretende redimirse mediante el matrimonio con la joven y pizpireta Casandra; lo que supone un inesperado motivo de preocupación para Federico, el hijo bastardo del duque, que quedará desposeído de sus derechos sucesorios si su madrastra da al duque un hijo legítimo. Naturalmente, hay alternativas. Si Federico se casa con Aurora, una rica heredera huérfana que el duque ha criado como si fuera su propia hija, dispondrá de los estados de ésta y no tendrá nada que envidiar a un eventual heredero legítimo de su padre. Pero, como ocurría en La dama boba, los acontecimientos desmienten esas previsiones. Federico conoce a su futura madrastra cuando ésta se bañaba en un río y estaba a punto de ser arrastrada por la corriente. Naturalmente, se enamora de ella. Y cuando el tiempo viene a confirmar que el viejo duque ha vuelto a sus costumbres disolutas y descuida a su joven esposa, lo que tiene que suceder sucede...


Planea sobre todos estos hechos un opresivo sentido de la fatalidad. El castigo -que no venganza- al que se refiere el título es el que ha de recibir la pareja adúltera de manos del ofendido. Pero, en realidad, en el complicado universo moral de esta tragedia, entretejido de remordimientos, amores contrariados y deseos irrealizables, todo el mundo recibe su castigo, y lo que se impone al público es la sensación de que todos y cada uno de los personajes ha sabido labrarse su propio infierno en la tierra, del que no sabe escapar. Es la misma pesadilla moral que en Rey Lear o Ricardo II de Shakespeare, con las que esta obra admite parangón. Sólo que sobre la de Lope, más que el concepto pagano de destino, lo que planea es la cristiana idea de la responsabilidad individual, de la culpa.

Lope escribió esta tragedia en su vejez, cuando él mismo, como el duque de Ferrara, andaba abrumado por sus propias culpas y agobiado por las consecuencias prácticas de éstas. Mira uno a su alrededor, al público burgués que se ha congregado en este teatro de Almagro para disfrutar del espectáculo bajo un envidiable cielo de noche de verano, y se pregunta qué conclusión sacará de la ominosa sucesión de acontecimientos que se suceden ante sus ojos. Pero parece claro que, aunque la mayoría de los aquí congregados tenga la certeza de que sus pequeñas o grandes faltas no merecen los tremendos castigos que reciben los protagonistas de la obra, quién más y quién menos termina entendiendo que es posible que la madurez o las vísperas de la vejez no impliquen necesariamente ánimo sosegado y comprensión del propio destino, sino quizá todo lo contrario; y que el estado de confusión en el que cae el duque, arrastrando consigo a todos los demás, es connatural al hombre.

A los pocos minutos del fin del espectáculo, y como sucedió ayer, los actores aparecen en ropa de calle en las terrazas de la plaza y se sientan a cenar a pocos metros de nosotros. No se explica uno dónde han dejado las tremendas preocupaciones que atormentaban a los personajes a los que daban vida hace apenas unos instantes. Quizá nos las han traspasado, y ello explica la ligereza, la sana alegría de grupo de amigos jóvenes que ahora aparentan. Nosotros, por el contrario, aunque también nos sentimos muy felices en la apacible noche veraniega, acusamos ya los efectos de la hora y tenemos ganas de dormir, que es también olvidar.

*

Para ocupar la mañana siguiente, hacemos una excursión a Calatrava la Vieja, un yacimiento arqueológico que no se encuentra en las cercanías del pueblo homónimo, sino en el término municipal de Carrión de Calatrava, a veinticinco minutos de Almagro. La temperatura es de treinta y cinco grados. Pero no tenemos nada mejor que hacer y lo que hemos leído del citado yacimiento es muy prometedor. Y así llegamos a la ermita de Nuestra Señora de la Encarnación de los Mártires de Calatrava, que es la referencia para llegar a las ruinas, y unos viejos que beben en un quiosco nos indican el camino y nos dicen que a la puerta del yacimiento hay una chica que vende las entradas y hace de guía.

Nos lleva hasta allí un camino de grava construido sobre lo que fue el cauce del río Guadiana, ahora canalizado, y nos recibe una amabilísima muchacha que nos advierte que la visita guiada dura alrededor de una hora y transcurrirá casi todo el tiempo a pleno sol. Le decimos que, ya que estamos allí, hágase lo que haya de hacerse. Y emprendemos el recorrido, primero circundando el perímetro amurallado de lo que fue fortaleza y ciudad -la más poblada e importante entre Toledo y Córdoba, en la España musulmana-, de la que apenas se ha excavado y puesto en valor una parte, pese a la importancia del yacimiento y la espectacularidad de su posición, que podría hacer de él un atractivo destino turístico... Nos suena esa música, que es la del secular abandono del patrimonio histórico-artístico español y el lamento por los beneficios que podrían derivarse de su puesta en valor, etcétera. Pero no hemos venido aquí a deprimirnos, y menos bajo este sol de fuego. La hábil guía nos hace ver con los ojos de la imaginación las imponentes torres de base pentagonal, la torre albarrana, el complejo sistema hidráulico que elevaba el agua del Guadiana a los fosos que rodeaban la fortaleza y a los depósitos de la ciudad. Entramos también en la iglesia que los monjes-caballeros de Calatrava levantaron en medio del recinto, sobre la que previamente habían construido los templarios, antes de que los arrastrara el viento de la Historia. Ahora, nos dice la guía, el imponente complejo apenas si recibe unos pocos miles de visitantes al año y su uso principal es servir de decorado para reportajes de boda de parejas que bajan incluso desde Madrid para retratarse allí. Mejor eso que nada, me digo. Antes de la crisis, había intención de habilitar como museo los espacios recuperados, pero esos proyectos quedaron en nada.

En cualquier caso, piensa uno que es natural que las ruinas despierten pensamientos melancólicos. Con el peso del sol en nuestras cabezas y un vago pero palpable sentimiento de exaltación, causado por la experiencia de inmersión en un torbellino de palpables evidencias históricas, abandonamos el lugar. Pocos minutos después, cuando todavía estamos a la mitad del polvoriento carril de grava, nos adelanta el todoterreno de la guía, que ya ha terminado su jornada y regresa a casa.

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