Sueños


28/7/19

En un desvelo entre sueño y sueño se me ocurre lo que entonces me parece una muy buena idea para un poema: el asunto (el título) y el arranque. No necesito más y tengo la certeza de que, si me hubiera levantado entonces y sentado a escribirlo, el poema habría salido del tirón, como suele ocurrir cuando el impulso es tan claro. Pero calculo que deben de faltar horas para el amanecer y que es más sensato darse la vuelta en el lecho y seguir durmiendo. Mañana, me digo, la idea seguirá ahí. Y, efectivamente, al día siguiente tengo una impresión clara de que en algún lugar de mi cerebro se ha archivado ese título y ese arranque de poema, pero no consigo recuperarlos. Y ahí se van a quedar, me temo, dejando la misma clase de hueco que cuando uno busca, por ejemplo, el nombre de un actor o actriz cuyo rostro le parece estar viendo, y cuyas películas recuerda, y del que ha olvidado solamente... el nombre, olvido que percibe como si en el tejido inextricable que forman todos los datos que uno guarda en su cabeza se hubiera soltado un punto, como en un jersey viejo, y dejado un agujero.

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Cuando alguien te muestra su coche y te dice que le costó en su día 30 millones de las antiguas pesetas, y que ahora le dan por él el triple de esa cantidad..., uno no sabe qué decir, aunque mi primer impulso es elogiar el bello y carísimo objeto en cuestión y felicitar a su propietario... por tener algo tan valioso que dejar a sus hijos, que es un modo de integrar la anomalía de ese tremendo despilfarro, impensable en el medio social en el que me muevo, en el mismo orden de cosas al que pertenece el hecho natural de morirse y dejarle a los hijos el ajuar doméstico de uno.

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