UNA TRISTE NOTICIA

25/7/19

Ojea uno las redes sociales con remordimiento. "Es como cuando, hace años, leías cuantos periódicos caían en tus manos, dos como mínimo,
 el local y alguno nacional", me digo, a modo de atenuante y para perdonarme el tiempo perdido. Pero lo que sucede es más bien lo contrario: ahora leo los periódicos como quien echa un vistazo a Instagram: repasando rápidamente los titulares y sólo muy de vez en cuando parándome a leer una pieza completa. Lo hago normalmente con los artículos de opinión, que son mi género periodístico preferido, y que cultivé con gusto durante diez años en un periódico local, hasta que me echaron... Pero el resto... A veces me sorprendo citando un titular en una conversación: "¿Te has enterado de que ha habido un terremoto de 2.1 grados en Arcos de la Frontera?", le comento a M., aficionado a estas cuestiones. "¿Sí? ¿Ha habido daños?", me pregunta. Y entonces me veo obligado a reconocer que no he pasado del titular y que, por tanto, ignoro los pormenores.

Aun así, debo decir que también hay noticias para mí relevantes que me llegan a través de las redes sociales. Hoy he sabido, porque se han hecho eco de ello varios contactos míos de Facebook, de la muerte, a sus 39 años, de la poeta Carmen Jodra. Se dio a conocer a los 19 con Las moras agraces, un libro en el que demostraba un gran conocimiento de los clásicos y una desusada pericia a la hora de utilizar la métrica tradicional, a lo que unía un palpable desparpajo y frescura a la hora de plantear los asuntos de sus poemas e incluso de asumir su bisoñez ante algunos que normalmente sólo pueden abordarse desde una cierta madurez. Fue el éxito literario del momento. pero, a diferencia de otros escritores que dan la campanada con un primer libro, no se apresuró a recoger los frutos del éxito temprano, ni publicó libros sin ton ni son -de hecho, sólo publicó uno más-, ni tampoco se afanó en acaparar las escasas y pobres prebendas que depara este oficio. Quienes la conocieron han destacado sus dones personales, entre los que, al parecer, se contaba un discreto pero efectivo sentido del humor. Yo no la traté y, por tanto, nada puedo aducir al respecto. Pero sí me ha dado por pensar, ante la noticia de su temprana muerte, que en su día me pareció detectar en su precoz poesía esa melancolía de quienes viven -quizá sean cosas del oficio- su vida con cierta conciencia de antelación: una especie, digamos, de síndrome de Keats -y no quisiera que nadie viera ironía en estas palabras-. Quizá de otros poetas podría haberse dicho lo mismo si el destino hubiera querido que una temprana muerte prestara resonancia a lo que dejaron dicho en sus poemas juveniles.

En fin, no quiero dar más vueltas a esta ocurrencia. Vida y poesía mantienen a veces una curiosa relación, una especie de tira y afloja por el que una y otra juegan a contradecirse, a negarse, a ponerse en evidencia o, como es el caso, a concordar de pronto en sorprendentes bucles. En el caso de los poetas que de algún modo buscaron su autodestrucción, eso puede entenderse. Pero cuando, como es el caso, es una grave enfermedad quien se ha llevado por delante a una persona joven, maldita la gracia que uno le encuentra a esa fatal concordancia entre lo intuido en los versos y lo que la vida ha querido hacer con quien los escribió.

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