VÍSPERAS


7/7/2019

El viaje que emprendo mañana me libra, entre otras cosas, de varios compromisos literarios. Casi me da reparo escribirlo (voy contra mi interés al confesarlo): cada vez siento más desinterés hacia la vertiente social, incluso diría que gremial, de la literatura, sus rituales, su pobre pero machacona mercadotecnia. Escribir es básicamente proyectar el pensamiento, y el ejercicio del pensamiento no requiere de ninguna de esas cosas... Añadamos, en fin, que uno tiende a ser insociable en casi todo, y no sólo en lo que atañe a la literatura. Quizá eso aclare las cosas.


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Maleta hecha: la ilusión -la posibilidad- de una vida portátil.


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Y un nuevo elemento que ha venido a sumarse a mis equipajes: los avíos de dibujo. Que empezaron siendo una libreta y un rotulador y ya incluyen un juego de pinceles con depósito de agua, una caja de lápices acuarelables y una decena de accesorios más. Mis conocidos se han habituado ya a verme sacar toda esa impedimenta mientras, por ejemplo, nos tomamos un gin-tonic. Y ni siquiera se alarman demasiado cuando comprueban que ellos forman parte de la escena dibujada. Todo ello a cuenta de una cierta hiperactividad que nunca me han diagnosticado -en mi infancia, a los niños inquietos se les daba un azote y santas pascuas-, pero que bien podría ser la explicación de este afán de tener permanentemente las manos ocupadas. Por otra parte, tienen un encanto intrínseco los actos que uno sabe absolutamente improductivos y no destinados a producirte ninguna ganancia tangible o de orden práctico, más allá de la distracción. En literatura, pienso, me debería de haber quedado en ese estadio. Me habría ahorrado muchas decepciones.

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