ACEPTACIÓN


14/8/19

De todos los actos de aceptación que ha de efectuar uno a lo largo de su vida, sin duda el más complicado es el de la propia muerte... Qué animoso está hoy Benítez Ariza, dirán algunos. Pero no se trata de traer a este cuaderno pensamientos sombríos: simplemente, en las últimas dos semanas he tenido noticia de la muerte de al menos tres personas con las que sentía algún grado de cercanía. No eran amigos íntimos, y a una de ellas, la más joven, ni siquiera la conocía personalmente, aunque sí tenía noticia de su trayectoria literaria. Curiosamente, seguramente ésta es la que más clara conciencia tenía de que iba a morir pronto, porque su enfermedad es de las que no engañan. De los otros no sabría decir: uno de ellos, muy mayor, sufría los efectos físicos del Parkinson, que casi no le permitían moverse; pero hasta el último día luchó por conservar su memoria y hacer gala de sus facultades intelectuales, y para ello se valió principalmente del denostado Facebook, que le permitió opinar sobre esto y aquello e interactuar con sus conocidos con una fluidez que seguramente le estaba ya vedada en la comunicación oral normal. Me conmovió ese alarde final de juventud mental, que venía a ser un modo valiente de plantar cara a la decrepitud. Cuando todavía salía a la calle, hace años, se lo encontraba uno y era frecuente que te dijera, creo que en tono de humorada: "Bueno, seguramente es la última vez que nos vemos". Bajo esa especie de autoadmonición preventiva, sobrevivió durante años a su palpable deterioro físico. En cuanto al tercero, ya ayer anoté algo aquí sobre las circunstancias de mi trato con él. Cuando lo vi en Barcelona el pasado febrero, no me pareció advertir en él ningún síntoma de salud precaria: más bien, como escribí ayer, me impresionó su porte, su buena presencia, su elegancia. Luego he leído algún otro testimonio de quienes lo trataron últimamente y en alguno de ellos se señala que el mal que se lo llevó por delante había dado ya la cara... En fin. ¿Acepta uno el carácter irrevocable de esos avisos, resuelve u ordena como puede sus asuntos y se sienta a esperar? ¿O es mejor que la muerte venga, como decía la copla, "tan escondida / que no (se le) sienta venir" 

Lo que es inevitable, en cualquier caso, es que estas noticias de muertes de personas cercanas predispongan el ánimo a algo así como a ensayar una despedida. Mira uno cuanto lo rodea e imagina que, de pronto, quizá mañana mismo, todo eso sigue ahí pero uno no está ya para constatarlo. Borges, no sin ironía, anotó algo al respecto al final de "El Aleph", cuando la voz narradora señala que el mundo sigue girando y cambiando imperceptiblemente después de la muerte de Beatriz Viterbo, su amada, sin que ella esté ya ahí para apercibirse de esos cambios... De lo que, de algún modo, puede deducirse que ninguna muerte afecta significativamente el orden universal, y que lo único que se pierde, que no es mucho, es la conciencia con la que uno participa de ese orden. ¿Y no hay quien busca, en vida, la aniquilación de la conciencia, en pos de una felicidad superior? Sí, quien no se consuela es porque no quiere. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Bagajes

Elecciones

Epifanías