EN SENTIDO CONTRARIO


16/08/19

Multitudes de agosto. El supermercado del barrio, normalmente bastante cómodo, está lleno de gente. "Vienen de V...", nos explica uno de los empleados, al que hemos preguntado por un tipo de té que compramos habitualmente y que hoy no encontramos. V. es una urbanización turística vecina, en la que, por lo visto, el supermercado en cuestión se anuncia como el más cercano; y el té que buscábamos no aparece, nos explica también el empleado, porque los reponedores literalmente no dan abasto. También el aparcamiento, en el sótano, está al límite de su capacidad, lo que hace que las maniobras para aparcar en las escasas plazas que quedan sean muy complicadas y entorpezcan aun más la circulación de los coches que no dejan de entrar. Todo el mundo parece impaciente, nervioso, irritable, y se pregunta uno, ante este aluvión de gente claramente infeliz, por las  razones de este empeño, de este desperdicio de un tiempo -por no hablar de dinero- que quizá podría dedicarse a descansar de un modo más sensato y agradable. Pero aquí quizá lo de menos es el descanso. Lo que toda esta gente quiere es poder contar que han veraneado, que han pasado unos días fuera de casa, que se han divertido como nunca. Y lo curioso es que lo dicen con convicción.

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La única revolución que realmente se ha consumado en nuestro tiempo -le digo a M.A., que es la única dispuesta a escuchar estos discursos- es la que atañe a los modales. La gente se ha emancipado, en general, del decoro burgués, es decir, de ese conjunto de normas que permitían, a quienes las dominaban, actuar en sociedad con la mayor soltura, y que obligaba a quienes no estaban habituados a ellas a desenvolverse con la mayor discreción posible, para no señalarse o hacer el ridículo. Esos reparos han desaparecido: a nadie le importa -en un restaurante, por ejemplo- que toda la sala oiga su conversación a voces o sus risas desencajadas; y si uno y su compañía son de los que todavía se conducen con cierto comedimiento, lo pasarán realmente mal si al lado les toca un grupo que no tenga el menor reparo en invadir el espacio auditivo del resto de la concurrencia. 

Sé de quien se enfada y da las quejas cuando le ocurre algo así. Pero es inútil: el receptor de la queja te mira como miraría un militante del soviet de Petrogrado a un tipo de levita que se empeñara en que se dirigieran a él con los modales que se gastaban antes de la Revolución de Octubre. Y hay algo, quizá, de justicia histórica en esta revancha: pienso en los tiempos, no lejanos, en que cualquiera que gozara del dudoso privilegio de atender al prójimo del otro lado de una mesa de despacho desplegaba ante las personas sencillas una insoportable pedantería, con frecuencia dirigida a confundirlas o humillarlas. Han cambiado las tornas. Y me da por acordarme del poema que escribió Gil de Biedma cuando salió a pasear por Montjuich y vio ese antiguo "anfiteatro de la burguesía" invadido de jóvenes obreros andaluces y murcianos con sus novias: "Que la ciudad les pertenezca un día", concluyó. Y me da por pensar que esa bienintencionada formulación incluía también su pizca de ironía.

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Volvíamos ayer de la playa a la hora en la que todo el mundo se dirigía a ella: un coche solo que avanzaba por su media carretera vacía, mientras la otra soportaba el mayor de los atascos. Y me acordaba del indio aquel que compartía manicomio con Jack Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco y que, a la hora en la que sacaban a los locos a dar vueltas por el patio, todos en el mismo sentido, tuvo la ocurrencia de empeñarse en caminar en sentido contrario.

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