GEOLOGÍAS









27/8/2019

Los encargos periodísticos de MA, que ahora colabora con el suplemento turístico de un periódico digital, nos llevan a estas salinas romanas que están a apenas veinte minutos de nuestra casa de la sierra, pero cuya exacta ubicación, que no se anuncia desde la carretera, desconocíamos. Y la verdad es que merece la pena visitarlas, no sólo por las razones objetivas que seguramente MA mencionará en su reportaje, sino por una especie de sensación indefinible que emana del lugar y en la que se funden el peso de los muchos siglos de aprovechamiento humano de este recurso y la propia singularidad del accidente natural al que debe su origen: la presencia de enormes depósitos de sal mineral en el subsuelo de este paraje, procedentes, nos dice el actual dueño de la finca y responsable de su explotación, del antiguo mar de Tetis, uno de los primitivos océanos que fue abriendo cuña en el continente único del que proceden los cinco actuales. Mete uno el dedo en las distintas balsas de decantación en que consiste la explotación, que todavía funciona como en la antigüedad, sin procedimientos mecánicos de filtrado de las aguas o limpieza del producto obtenido, y tiene la impresión de estar probando, no ya un simple depósito salino, sino un residuo geológico que se remonta a la antigüedad más remota del planeta, y que, lo mismo que hoy reclama nuestra atención reverente, llamó hace miles de años la atención de los primeros pobladores de estos parajes: el milagro de un nacimiento -hoy apenas una poza de metro y medio de diámetro y apenas unos centímetros de profundidad- del que aflora continuamente agua salobre.

Al parecer, no se trata del único manantial salino de la zona. Existen vestigios de otras salinas, hoy abandonadas o sin explotar, así como otros tantos manantiales salobres; uno de los cuales, por cierto, alimenta la piscina de agua salada que exhibe como reclamo un popular restaurante de la zona y a la que acudimos a refrescarnos después de nuestra visita. La salinidad, por supuesto, que parece mayor incluso que la del mar, hace que mantenerse a flote en esta piscina requiera menos esfuerzo que en una ordinaria. Y así pasamos el resto del día: en remojo, como patos, y un tanto cohibidos ante el hecho de pensar que esta peculiaridad geográfica de la zona permite este frívolo uso turístico. Pero el lugar es extremadamente agradable, la concurrencia no es molesta y la comida es aceptable y económica: qué más puede uno pedir.

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