JOHN


22/8/2019

A la hora de la siesta aparece el técnico de internet, al que habíamos llamado porque la instalación no funcionaba. Después de algunas comprobaciones, dictamina que debe de ser cosa de la antena -estamos conectados a una red local- y que ha de subirse al tejado para reorientarla. En su furgoneta trae una escalera de mano de apenas dos metros, claramente insuficiente para encaramarse al tejado de una casa de dos plantas. Le sugiero un camino alternativo: al final de la manzana hay una cancela por la que es fácil encaramarse al tejadillo de un cuarto de contadores y de allí al tejado de la casa colindante. Luego no hay más que ir pasando de un tejado a otro, a lo largo de toda la hilera de casas, hasta llegar a la mía... Acompaño al operario hasta la mencionada cancela y lo veo trepar, mientras hago votos para que no pase la patrulla de la Guardia Civil y nos sorprenda in fraganti y haya que dar las explicaciones pertinentes. Hace, además, un calor infernal, que debe de hacerse sentir incluso con más fuerza sobre las tejas recalentadas. Pero el operario ha logrado encaramarse y recorrer, siguiendo  mis instrucciones, la línea de tejados, hasta situarse junto al poste de mi antena. Ahora lo observo desde el patio. El repetidor de señal de internet está fijado a ese poste con una banda metálica que con el tiempo se ha oxidado y hecho una sola pieza con su soporte, así que no hay manera de hacerlo girar. Para colmo, el operario ha dejado sus herramientas en el coche. "¿Tiene usted un destornillador?", me grita desde el tejado. En esta casa apenas hay herramientas, pero sí guardo un viejo destornillador reversible, que perteneció al kit de recambios de mi primer coche. El extremo con punta de estrella está muy desgastado y es prácticamente inservible. Pero eso es lo que hay. El problema es cómo hacerlo llegar al tejado. "Tíremelo", me dice el operario. Y eso hago, pero calculo mal el efecto y lo mando más allá del tejado y detrás del muro del patio trasero, que linda con el monte pelado, cubierto de malezas y prácticamente inaccesible. Así que nos hemos quedado sin destornillador y el operario ha de volver sobre sus pasos, ir al coche a buscar sus herramientas y subir de nuevo al tejado, y todo ello bajo el sol de fuego. Pero no advierto en él gesto alguno de contrariedad. Por el contrario, parece apurado por la pérdida de mi destornillador, que juzga culpa suya. Naturalmente, le descargo de toda responsabilidad y le digo que no se preocupe, que el destornillador no valía nada... Queda todavía orientar la antena, lo que hacemos también a gritos: él me pregunta dónde queda tal o cual hito, de los que le han dicho que ha de usar como referencia, y yo, desde el patio sin vistas al exterior, intentando situarme, le indico que apunte hacia allá o hacia acá, hasta que damos con la orientación adecuada. 

Por fin el pobre hombre puede bajarse del tejado. Le pregunto por su nombre, al despefirme. "Me llamo John", me dice, con un marcado acento centroamericano y una encantadora sonrisa. Es nuevo en la empresa y quizá por eso le encomiendan esta clase de trabajos. Le agradezco encarecidamente su esfuerzo y le deseo lo mejor.

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