LA DEL ALBA


21/8/2019

Cuando llegue a la ancianidad, si es que llego, quiero ser como estos amigos mayores de San Antón. Hoy he salido solo -M.A. se ha quedado en casa, pendiente de una llamada- y he aprovechado para pasarles revista. De MC no diré nada: es la más animosa del grupo y siempre tiene una sonrisa preparada, cuando no una suave ironía sobre cualquiera de las muchas cosas chocantes que a veces vienen a turbar la paz de nuestro pequeño universo. Su marido, J., es elegante y delicado: ayer se pasó un buen rato tosiendo, porque había comido una almendra con piel y una brizna se le había quedado pegada en el gaznate. Para librarse de ella, entró en su casa y tragó un poco de miga de pan, que empujó con una copa de vino, como quien comulga... A. se está recuperando de una fractura de fémur. Mientras otras a su edad se habrían resignado ya al andador o la silla de ruedas, ella sale todas las tardes a andar, apoyada en unas muletas. P., su marido, bromea sobre las obligaciones domésticas que han recaído sobre él mientras su mujer está impedida. El día anterior, por cierto, coincidí con él en esta misma plaza. 

Acababa de terminar la feria y todos los bares del pueblo parecían haberse puesto de acuerdo para cerrar, por lo que mi amigo se lamentaba de la imposibilidad de tomar una copa. Cuando me despido de él y, de vuelta a casa, veo que en la plaza de al lado hay una terraza abierta, me vuelvo a comunicar la buena nueva y lo invito a la anhelada copa, que acaban siendo tres: para la segunda, nos acogemos al socorrido dicho que asegura que, después de una bebida, hay que tomar otra para no andar cojos... Y para la tercera, mi amigo me dice que, puestos a evitar la cojera, nada mejor que un banco de tres patas. La charla, mientras dábamos buena cuenta de la triple ronda, ha versado sobre infinidad de asuntos: mayormente, de anécdotas referidas a las manías de los cantaores flamencos que mi amigo ha tratado. De uno de ellos me asegura que dejó de cantar porque el cante le traía recuerdos que le ponían muy triste; lo que le da ocasión, a mi amigo, para referirse al trance confidencial que propician ciertas conversaciones, a veces incluso entre completos extraños. Creo que se está refiriendo a la que estamos manteniendo en este mismo momento. Y caigo en la cuenta de que, fuera de este lugar y de este grupo de amigos, casi no puedo mencionar otras situaciones en las que pueda salir a la calle sin un plan previo, encontrarme a un amigo, invitarlo a beber y dejar que el tiempo pase sin más.

*

Oigo a una vecina nueva, a la que aún no he tratado, decir que se ha levantado "a la hora del Ángelus". Lo dice repetidas veces, no sé si porque ella misma es consciente de lo desusado de la expresión o porque lo que realmente quiere ponderar ante su interlocutora -deduzco que es la asistenta- es el hecho de que se ha levantado muy temprano. En cualquier caso, la expresión me traslada a un tiempo distante. Yo también suelo levantarme temprano. Pero, antes que esa expresión, la que suele venírseme a la cabeza en esas ocasiones es la que emplea Cervantes, en tono de franca ironía, al comienzo de uno de los episodios más conocidos de su famoso libro: "La del alba sería...".

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