LA PEREZA OCUPADA

30/8/2019

Un rito que cumplo todos los años por estas fechas: bajar de Benaocaz a Ubrique a primera hora de la mañana por la calzada romana. Es un paseo de apenas hora y media, pero supone por sí solo una absoluta inmersión en todo aquello que esperamos de ciertos parajes: que se conviertan en nuestro interlocutor, y que lo hagan desde una cierta pretensión de exclusividad, sin dar parte a otros. 

En efecto, casi no me cruzo con nadie en todo el recorrido: sólo con un excursionista que lo hacía en sentido contrario, es decir, ascendente, y que, por ello, venía tan cansado que apenas resultó inteligible su saludo. El resto del camino transcurrió en absoluta soledad..., al menos en apariencia, porque la verdad es que experimenté durante buena parte del trayecto la sensación de contrariedad que nos asalta cuando, en el duermevela, por ejemplo, una idea nos acude a la cabeza y no sabemos cómo librarnos de ella y le damos vueltas y vueltas, como si la estuviésemos exponiendo a un interlocutor que tolerase estas repeticiones y, en último término, se dejara convencer. Varias fueron las ideas absurdas y fastidiosas que ocuparon mi mente durante esa hora y media de paseo en plena naturaleza: algunas decisiones de índole laboral que debo tomar en las próximas semanas, el orden en el que debo abordar ciertos proyectos a los que quiero aplicarme, algunos pasos que he de intentar en mi siempre vacilante gestión de mi carrera literaria... ¿Por qué he dejado que este bulle-bulle ocupe mi mente en mi último paseo campestre de este verano? Quizá es que he salido demasiado tarde y el sol ya está alto y las molestias que ello supone han contribuido a este ánimo dubitativo, que ahora no ve sino inconvenientes donde preveía una ocasión placentera.

Y el caso es que llego a mi destino acalorado y cansado y el suculento desayuno, que era el premio que me había prometido por el esfuerzo, apenas me conforta. "¿Qué tal lo has pasado?", me pregunta M.A., que ha bajado con el coche a recogerme. "Regular. Creo que estoy en baja forma", miento. "Tengo que andar más".

*

"El diario íntimo -dice Amiel, página 614 de la edición que manejo- me ha perjudicado artística y científicamente. No supone más que una pereza ocupada y un fantasma de la actividad intelectual". No sé si suscribiría plenamente esas afirmaciones, pero las encuentro fundadas. El diario viene a ser una especie de remedio homeopático contra la mala conciencia del escritor que procrastina o aplaza sus proyectos: te sientas a escribir una entrada del diario y te parece que ya has cumplido, cuando lo cierto es que no has hecho más que disfrazar tu pereza, tu no hacer nada, de una mera apariencia de actividad. Sin embargo, hay precedentes que nos dicen que este producto de la "pereza ocupada" puede llegar a ser una obra con carácter propio y susceptible de ser apreciada como tal por otros: es el caso de los propios diarios de Amiel, pese a sus prevenciones. ¿Hago bien, por tanto, en perder el tiempo en estas anotaciones que traigo a este cuaderno virtual cada dos o tres días, y con las que distraigo el siempre aplazado afán de emprender algo de mayor enjundia? En mi caso, hay otra atenuante, que Amiel no menciona: el diarista no requiere presencias ajenas, no necesita público ni editor ni distribuidores ni libreros. Es, por tanto, el escritor libre por antonomasia, o el menos dependiente de esas instancias que añaden al acto de escribir, esencialmente introspectivo y solitario, una no siempre deseada dimensión social. Amiel habla a veces de su falta de "voluntad" para hacer valer sus méritos ante los demás; pero, cuando habla de eso, se refiere a otra facetas de su obra, nunca a su diario, que es el ámbito en el que se siente absolutamente libre. Pues eso.

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