NUNCA DEL TODO


25/8/20

La camarera nos pregunta si estamos seguros de que queremos comer allí, en la terraza expuesta en ese momento a un fuerte viento de levante. Pero vemos que hay otras dos parejas cenando sin gran dificultad, aunque de vez en cuando se les vuele una servilleta, y la alternativa, que sería cenar dentro, en una mesita para dos en medio de otras en las que comen ruidosos grupos de seis u ocho personas, no nos atrae demasiado. Así que allí cenamos, en comunión con los elementos y sin otra precaución que procurar que el viento no vuelque las copas de vino. Eso sí: conforme las otras dos parejas que nos han precedido van terminando su cena, la terraza va quedando desierta: nadie más se atreve a desafiar el vendaval. Pero no ha sido una cena desagradable, después de todo. Si acaso, era la mejor opción entre dos inconveniencias, una procedente del medio natural y la otra del medio social. En casos así, uno tiene siempre claro qué decisión tomar.

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Mientras me cortan en dos mitades la plancha de metacrilato que he venido a comprar para preparar el marco de la acuarela que pintaré en el inminente concurso de pintura al aire libre del barrio, echo un vistazo al interior de la cartonería. En una de las mesas del taller, una chica troquela con precisión las formas de lo que, una vez plegado convenientemente, será una caja. Otros empleados realizan labores parecidas, cada uno de ello con un tipo distinto de cartón. Huele a papel nuevo y se me antoja que el de cartonero -si es que se dice así- debe de ser el más limpio y gratificante de los oficios posibles; haciendo salvedad, quizá, del de ebanista: lo digo pensando en que mi próxima visita será a una serrería, donde compraré las tablas y listones que han de completar mis marcos. 

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Van pasando despacio estas dos últimas semanas de agosto. Acaba de terminar -hoy es domingo- la primera, en la que han cabido tantas cosas que se remonta uno al lunes en el que llegamos y parece que haya pasado un mes. Y pienso que lo que ha prestado a estos días esa cualidad demorada es el hecho de que, entre acontecimiento y acontecimiento, las horas se han remansado en la inconsecuencia del mero no hacer, que se parece mucho al aburrimiento, pero que no lo es, y se asemeja más bien a la sensación de tiempo detenido que se paladea en la infancia. Venimos aquí a eso, a redescubrir esa sensación. Y no lo conseguimos siempre, ni nunca del todo, pero a veces nos aproximamos.

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