SOBRE LA POSIBILIDAD DE SER OTRO


18/8/19

La reencarnación sólo puede concebirse si se da por sentado que lo vivido en la vida anterior siempre se olvida. De lo contrario, perderíamos la segunda en rectificar los errores de la primera.

No hay vida sin errores, pero es mejor pensar que tal o cual episodio penoso de juventud cuyo recuerdo nos atormenta pertenece a un fondo común de meteduras de pata que el mero paso del tiempo da por zanjadas; eso sí, si no eres famoso y alguien las descubre y airea.

Haber recibido otra educación, haber elegido otro oficio, haber educado a tus hijos de otro modo... Es inútil atormentarse con la consideración de estos posibles errores; y, sin embargo, la idea de que en el fondo somos mejores de los que somos nace del crédito que damos a esas apreciaciones infundadas.

Cuando deseamos ser otros, lo que en realidad deseamos es reconocer en esos otros que podríamos ser la persona que efectivamente somos.

De todos los derivados bárbaros que admiten las palabras de uso común, quizá "otredad" sea el más flagrante: delata en quien lo usa una inadmisible tendencia a considerar que todo lo englobado bajo ese feo término constituye una categoría a la que sólo cabe contraponer... la que empieza y acaba en uno mismo, contrapuesto al resto de la realidad.

La palabra "yo" es un tanto abusiva; de ahí que una de las características que más me gustan del castellano sea que, a diferencia de otras lenguas, admite su elisión cuando hablamos en primera persona. Es decir, en castellano, "yo" es siempre una redundancia.

Podría tomar este camino o el opuesto, pero una cosa es segura, pese a lo que aseguran los argumentos de muchas novelas: quien llegue a donde me conducen uno u otro seré invariablemente yo.



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