CIEN PÁGINAS


16/9/2019

En el autobús leo algunas de las escasas setenta u ochenta páginas que me quedan para terminar el voluminoso tomo de los Diarios de Amiel. No es lo que se dice un libro cómodo para llevar encima: ocupa todo mi bolso de mano y pesa lo suyo, aparte de llamar la atención cuando lo saco y abro en el autobús. Pero merece la pena: llevo leídas apenas unas líneas y tengo ya la sensación de que me están arreglando el día, o inaugurándolo con una clase de emoción que sobrevuela el espacio temporal y geográfico que me separa de su autor y viene a tocar una fibra afín. También el autor, en este último tramo de su Diario, escrito cuando le quedaba apenas un año de vida, parece haber descubierto notas nuevas, más intensas y reveladoras, en su materia habitual. Un diario, se lamenta en alguna ocasión, no está hecho sino de repeticiones. Pero lo importante es la capacidad de descubrir en esas recurrencias las notas de novedad que las singularizan. La vejez, la enfermedad, la decadencia física contribuyen no poco a que el autor afronte estas constataciones diarias en un emotivo tono de despedida; pero sin dramatismo, sin golpes de pecho o abandonos a la autocompasión. Todo lo contrario: Amiel hace en estas últimas páginas una encendida declaración de la belleza y pertinencia de la vida, de las que extrae razones para pensar que asumir la muerte es el último y decisivo acto moral reservado al hombre, y que, llegado el momento, "entregar el alma" es algo más que dejársela arrebatar si más. 

Pero eso es el trasfondo. Lo que de verdad me emociona es cómo el diarista anota la felicidad que le proporciona un paseo, una lectura (Vigny), unas horas de sol, una noche bien dormida, la cercanía de mujeres bellas a las que ya trata de un modo paternal, sin la clase de angustias que el deseo reprimido le causaban en su juventud. Todo es luminoso ("transparente", dice el diarista) en estos últimos días de su vida. Y qué duda cabe de que, para llegar a ese grado de sintonía con la vida plenamente asumida, ha sido importante el entrenamiento moral y perceptivo que ha supuesto haber redactado día a día las catorce mil páginas de este diario -lo que leo, en fin, no es más que un extracto, de apenas setecientas-, en las que no escasean las que hoy juzgaríamos ñoñas, timoratas o demasiado peraltadas... Estas últimas cien, desde luego, bien valen las vacilaciones que lastran en cierta medida -sin invalidarlas, por supuesto- algunas de las anteriores. Y a mí me están salvando la semana, primera laborable de este ante-antepenúltimo curso de mi vida laboral.  

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