LEVANTE



10/9/2019

De pronto, la evidencia de que una persona de tu entorno está perdiendo los papeles y actúa de un modo anómalo. Algo le debe pasar, pero sería del todo contraproducente preguntarle qué. Así que ensaya uno la paciencia y la cortesía, mientras de la otra parte no sale otra cosa que pura negatividad: lo que hasta ayer estaba claro hoy no lo está, y el cambio que se propone invariablemente es a peor... Y así vamos. Se dice uno que el campo sobre el que operan estas anomalías es estrictamente impersonal, y que nada de lo que resulte de ellas puede dañarte en la esfera de cosas que verdaderamente te importan. Pero, aunque eso es así -y para qué negarlo-, no puede uno gobernar sus asuntos periféricos desde esa especie de regio distanciamiento. Prefiero la ficción contraria, la que invita a pensar que ponemos en cuanto hacemos todo nuestro empeño y nuestra mejor voluntad, tanto por satisfacción propia como por el prurito de beneficiar a otros. Ahora esta persona se defiende de sus frustraciones haciendo ostentación de su desinterés y amagando con embrollarlo todo, si la dejan. Debe de ser cosa del viento de levante que sopla estos días, y que tanto contribuye a alterar los nervios.

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Por lo mismo, he sido testigo hoy de una colisión de tráfico. Sin consecuencias: un coche no ha frenado a tiempo y ha embestido a un motorista parado ante un semáforo. El golpe ha debido de ser potente, porque el parachoques del coche ha quedado descolgado y el motorista ha sido derribado sobre la acera. De inmediato los viandantes se arraciman a su alrededor. Veo que se levanta con dificultad: debe de haber resultado lastimado, aunque no parece que el daño sea grave. No me quedo a mirar el resto: el intercambio de explicaciones o reproches, el intercambio de datos de los seguros... Un calor inmisericorde golpea la calle al mediodía. Y los ánimos andan también sobrecalentados.

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También la policía anda hoy suspicaz. O quizá es que ha recibido una denuncia. Dos agentes motoristas se adentran por un tramo de carril bici que corre a la sombra de unos árboles frondosos, bajo los que se congregan algunas pandillas furtivas de adolescentes, que guardan silencio mientras son minuciosamente escudriñados, sin mediar palabra, por la pareja. Luego los motoristas siguen adelante. Y la furtividad, de algún modo, se reanuda, con sus misteriosos tráfagos y sus no menos intrigantes intercambios,

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