SILENCIOS



20/9/2019

Sobre ciertos pormenores dolorosos los diarios íntimos suelen guardar silencio. Hablo, por supuesto, de los diarios que, sin dejar de serlo, asumen la condición de escritos destinados más temprano o tarde a un público, por más que, en el caso del diario íntimo contemporáneo de un escritor apenas conocido, esa publicidad apenas tenga efecto y no redunde en una difusión masiva de secretos íntimos. Pero a lo que iba: también en la expresión de la pura intimidad hay silencios clamorosos. Y es mejor que así sea, porque es muy posible que haya en la propia existencia estados anímicos que no admiten disección y coyunturas de las que sería contraproducente dejar un registro que prolongara indefinidamente su eco.


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Y por eso mismo, y porque uno se va volviendo cada vez más animista y anda cada vez más convencido de que el microcosmos es siempre expresión del macrocosmos, la gata ha enfermado y las preocupaciones que causa y los cuidados que exige parecen un cumplido reflejo de otras aflicciones de mayor alcance. Y hemos vuelto hoy viernes a la clínica veterinaria, que era una feria: en el vestíbulo que hace de sala de espera había al menos diez personas, cada una de ellas con una mascota -perros, gatos, un conejo enorme- necesitada de cuidados. Parecían todos ellos, los animales, muy conscientes de que se les traía poco menos que a la Casa del Dolor, donde se les ausculta y manosea, se les pincha y anestesia, se les da amargas medicinas y se enfrentan en todo momento a la incertidumbre de lo desconocido. De todos ellos, el conejo era quien mejor parecía sobrellevar la situación, desde su inexpresividad absoluta. A los gatos se les veía mohínos e indignados, encogidos la fondo de los transportines en que los traían. Y eran los perros, cómo no, los que daban el espectáculo: unos lloraban, otros daban saltos de pánico en torno a sus dueños; y alguno, de puro pánico, se meó patas abajo nada más entrar.

Yo traía a K. a revisión, después de una crisis de vómitos sanguinolentos que me hizo temer lo peor. Pero, al parecer, ha respondido al tratamiento y a la dieta. En la visita anterior, ayer mismo, le inyectaron un antiémetico y un protector de estómago: para ello, huno que envolverla en una toalla y pedir a otro empleado de la clínica que la sujetase, mientras la veterinaria la pinchaba. Hoy he sido yo el encargado de sujetarla mientras le administraban la dosis de seguimiento. Ella debe preguntarse qué demonios pasa, por qué me ha dado por repetir dos días seguidos una serie de acciones que ella debe juzgar crueles y sin sentido. Yo le doy explicaciones -si algún vecino me oye, deberá pensar que soy idiota- y me hago la ilusión de que las vanas palabras, aunque en nada alivian el sufrimiento, al menos aportan algo de consuelo. Y así vamos.


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Terminada la primera semana de clases, uno se siente de algún modo superviviente de una terrible prueba. Luego el resto del curso viene rodado. O eso se dice uno durante el fin de semana, mientras hace recuento.

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