SUBURBANO



8/9/2019

En la clínica veterinaria, para que examinen a K., que anda un tanto desmejorada últimamente, aunque sospechamos que lo único que tiene es que los años se le han echado encima, como nos pasa a todos. Ya le hicieron un primer reconocimiento hace unos días, pero el intento de extraerle sangre pudo haberle costado algún que otro arañazo o mordisco a la veterinaria, así que nos emplazaron a traerla a esta otra clínica donde hay medios para sedar a los animales ariscos y poder hacerles todas las pruebas que requieran. Bueno. La verdad es que no nos hace gracia la perspectiva de ver a nuestra gata metida en una especie de cámara de gas, en la que se le administra el éter necesario para mantenerla dormida. Por otra parte, el protocolo de la clínica tiene previsto que esa clase de actuaciones se hagan sin la presencia de los dueños del animal, que además han de firmar, como ocurre en los hospitales para personas, un consentimiento escrito en el que se declaren conocedores de todos los riesgos que conlleva el proceso en cuestión. Y como no está C., que es la dueña legal de la gata, soy yo quien firma el documento, sin leerlo siquiera, como he hecho siempre cuando me han puesto por delante alguno de esos papeles referido a mí mismo y a la posibilidad de morir o sufrir daños graves a manos del médico de turno.

Y luego esperamos. Es sábado por la mañana y se ve que muchos aprovechan su tiempo libre para que le revisen la mascota. El primero en llegar -es temprano- es un hombre mayor que trae un perro muy elegante, cuya raza no sabría especificar: parecido a un collie, pero mucho más pequeño y menos imponente. De hecho, el perrillo en cuestión se muestra más bien asustadizo, y en cuanto su amo toma asiento en la sala de espera, opta por esconderse tras sus piernas, acurrucado entre las patas del sillón. Distinto es el caso del que trae una señora que viene con su hija, una niña de siete u ocho años, a la que deja sola en la sala de espera cuando el perro, muy nervioso, da muestras de que necesita salir. Lo curioso es que la salida se prolonga más de lo que cabría esperar, y llega un momento en que la propia recepcionista pregunta a la niña por su madre, como si temiera que ésta no fuera a volver. En el intervalo llega otra señora que se diría que es una copia exacta de la que ha salido: la misma edad -en torno a los cuarenta-, el mismo atuendo informal -pantalón corto, camiseta de tirantes- e incluso se diría que el mismo aspecto esquinado de quien quizá piensa que traer la mascota al veterinario no es la mejor manera de pasar la mañana de un sábado. Por alguna razón, doy por sentado que las dos viven en alguna de las barriadas de adosados que rodean el polígono en el que se ubica el consultorio, y que su desaliño, su aspecto de haberse despertado con resaca y su aire de desilusión general son rasgos característicos de esa clase media suburbana. Todo aquí es muy suburbano: desde la pulcritud del consultorio -en broma, le digo a M.A.: si algún día caigo enfermo, tráeme aquí, y no al hospital: esto tiene mejor pinta- a la concurrencia, a lo que hay que añadir un aire general de desolación inminente, como si un ramalazo del siguiente huracán tropical pudiera borrar de golpe toda esta arquitectura efímera, hecha de contrachapados y módulos prefabricados.

Por fin nos llaman a consulta. A K. la han metido en una jaula, también pulquérrima, para que se recupere del éter. Desde allí nos mira con aires de reproche y nos dirige unos maullidos muy lastimeros, que parten el alma... Para hacerle una ecografía, le han afeitado el cuello y parte del vientre, lo que le da un aspecto más lastimoso aún. La veterinaria nos dice que no han detectado nada anómalo, salvo quizá un poco de anemia, como de señorita mimada que come poco. Nos recomienda que le variemos la dieta y que le demos alguna que otra exquisitez para gatos. No nos molestamos en decirle que ya lo hacemos, y que no hay cuarto de gambas o porción de pescado que entre en casa de la que ella no tenga su parte; entre otras cosas, porque la reclama con una insistencia inasequible al desaliento. Aún así, compramos en la tienda aneja unas cuantas latas de esto y de aquello, para que no se diga. Previamente he pagado los honorarios: no tan elevados como esperaba, pero sí lo bastante como para llevarse por delante cierto ingreso extra que había conseguido el día antes con la venta de unas acuarelas... Lo que no deja de tener su moraleja. ¿No te alegras de que la gata no tenga nada?, me dice M.A., un tanto intrigada por mi laconismo. Y sí, claro que me alegro, pero yo tenía mis planes con ese dinero extra, que ha volado. Miro a K., acurrucada al fondo de su transportín. Ella tampoco entiende nada. 

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