TAMBIÉN LOS HAY

2/8/2019

En correos, para recoger la correspondencia acumulada durante la segunda quincena de agosto: una especie de rito propiciatorio para empezar septiembre y reanudar las rutinas laborales, entre las que incluyo también mis autoimpuestos empeños literarios y todo lo que llevan consigo, ay. Llevo un voluminoso paquete con dos libros que envié a un amigo a comienzos del verano y me vino devuelto, y que ahora vuelvo a enviar; y recojo del apartado un ejemplar de una revista literaria con la que suelo colaborar, una colección de "pliegos" poéticos en la que también me han pedido que colabore y un libro de un amigo. Entretejen todos ellos la malla de una sociabilidad que tiene sus exigencias, pero que se presenta con sus mejores modales y que, en estos desabridos días de vuelta a las rutinas, me resulta gratamente acogedora. Lejos quedan los tiempos en los que estos tratos de alguna manera me redimían de las desazones que me causaba mi trabajo asalariado, entonces muy ingrato. No vivo ya en esa dualidad: soy un profesor que escribe o un escritor que se gana la vida dando clases, y una cosa y otra conforman, creo que en cierta armonía, el personaje en el que me reconozco, Soy, además, otras cosas, que también me completan: pintor aficionado, desinhibido parroquiano en cierta barra, silencioso paseante de sus soledades... Miro lo que algunos proyectan de sí mismos en ese circo que llaman "redes sociales" y me asombra la unilateralidad de ciertos perfiles, especialmente los literarios. ¿De verdad puede vivirse con la mente continuamente puesta en los caprichos de ese veleidoso mundo? Sé que todo esto puede hacerme sospechoso de cierto diletantismo. Lo acepto de buena gana. Cometí la temeridad de comentar algo de esto en una entrevista que me hicieron con motivo de un premio literario y el titular fue: "JMBA, un poeta a rachas"; lo que, la verdad sea dicha, no resultaba muy favorecedor. Pero es posible que todo lo que somos lo seamos a rachas: Salvo si uno es un robot o una especie de zombi, clato, que  también los hay, y muy especialmente entre los escritores.

*


No he anotado en este cuaderno, que también tiene sus omisiones y lagunas, que he dedicado buena parte de mis ocios de este verano a ver cine japonés. Se ve que los clásicos de esta cinematografía, o al menos los menos conocidos, no suscitan el celo de las distribuidoras a la hora de impedir su difusión gratuita en internet, y ello hace que no sea complicado encontrar amplios repositorios de películas japonesas, algunas incluso primorosamente subtituladas en español. Así que nos hemos valido de esa circunstancia y descubierto, gracias a ella, a algún que otro director que no conocíamos, como el gran Heinosuke Gosho, de quien hemos visto cuatro películas, todas ellas caracterizadas, por una parte, por una enorme atención a los detalles que revelan el conflicto entre el Japón tradicional y los nuevos modos de vida aliados a la occidentalización y la modernidad; y, por otra, por una clara vocación hacia el melodrama, que este director -del que leo que fue quien dirigió la primera película sonora del Japón, ya mediada la década de los 30- utiliza como vehículo para expresar los dramas personales derivados de ese conflicto cultural, y muy especialmente los que afectan a la mujer. En ese sentido, Gosho podría considerarse una especie de Douglas Sirk a la japonesa; y su mejor película, o simplemente la más compleja y ambiciosa, Banquete o Rebelión en Japón (Utage, 1967) recuerda a Tiempo de amar, tiempo de morir, en la que el director alemán, nacionalizado americano, reflexiona en clave de melodrama sobre los sentimientos de la sociedad alemana bajo el nazismo y durante la guerra. La sombra de la guerra no deja nunca de sentirse en los dramas de Gosho. Pero, en la mencionada Rebelión en Japón, ambientada en las circunstancias que dieron lugar al intento de golpe de estado militar de signo ultranacionalista, aunque también antiexpansionista, que se conoce como "el incidente del 26 de febrero" de 1936, y que terminó con la ejecución de la mayor parte de los oficiales implicados. Gosho aprovecha estos hechos históricos para establecer un sutil paralelismo entre el hermano comunista de la protagonista y el oficial del que ésta está enamorada, pese a que éste ha renunciado solemnemente a todo lazo familiar o personal para entregarse en cuerpo y alma a su compromiso con los conspiradores. Los hechos recuerdan, curiosamente, al pintoresco golpe de estado que intentó perpetrar el escritor Yukio Mishima en 1970 y cuyo fracaso lo indujo al sepukku o suicidio ritual. Sería curioso indagar si la visión no del todo negativa que Gosho tiene del incidente del 26 de febrero de alguna manera influyó en el acto mimético de Mishima, que fundó su milicia personal, por cierto, en 1968, recién estrenada la película que estamos comentando. El caso es que ésta plantea la posibilidad de que la historia de Japón, y con ella el desarrollo de los acontecimientos que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, pudiera haber transcurrido por otros derroteros, y que en esas grandes disyuntivas que hacen que la Historia siga una senda u otra influyen decisivamente los sentimientos humanos. 

Seguiré anotando, si hay tiempo y ocasión, mis impresiones de este ciclo de inmersión en la cinematografía japonesa menos transitada. Hablaba el otro día de la "pereza ocupada". Uno no tendría ningún problema de conciencia en definir todos sus empeños de ese modo.

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