AGAZAPADO

18/10/2019

Podría haber ido hoy a mi sesión de gimnasia en el polideportivo del barrio, pero el otro día el grupo reprochó al monitor, un muchacho al que todavía le falta un hervor o dos, que no se le entendían sus explicaciones y que nos confundía, lo que hizo que el interpelado perdiera lamentablemente los papeles y la queja degenerara en agrio cruce de reproches. Sensación de vergüenza ajena: si el amor propio no lo ciega demasiado, cabe pensar que el chico se arrepentirá de su falta de autocontrol, aunque no es seguro que encuentre el modo de disculparse o congraciarse con su ofendida clientela, entre los que somos mayoría los de mi edad. Casi ninguno, por cierto, acertamos a decir nada durante el incidente: a todos creo que nos atenazaba la misma sensación de bochorno. Aunque quizá lo más curioso del incidente hay sido su modo de poner de relieve la mucha distancia que hay entre un muchacho de veintitantos años -aunque más cerca de los treinta que de los veinte- y quienes tenemos de cincuenta en adelante. No quiero forzar ninguna conclusión al respecto. demasiado le ha costado a uno zanjar su propio encaje en el laberinto de la edad adulta. Pero cuando se produce una situación como ésta, no puedo dejar de pensar que he cruzado una línea más allá de la cual parecen verse ciertas cosas con cierta ecuanimidad, aunque también con un creciente sentimiento de melancolía. ¿Fue uno alguna vez así, impulsivo y simple, torpe y fatuo, quizá también generoso y desmedido? No lo sé. Quizá seamos siempre muchos personajes a la vez, o al menos dos: el que actúa según el disfraz que le proporciona la edad y la ocasión, y el que, agazapado desde dentro, observa a ese otro personaje puramente externo, todo fachada, y no termina nunca ni de entenderlo ni de reconocerse en él.

*

La escenificación callejera de ciertas pasiones políticas no demuestra más que una cosa: que quien hace el ridículo no siempre resulta inocuo; por más que, flanqueando todo el daño que puede llegar a hacer, siempre son reconocibles las figuras del patán que desbarra y de la gente lúcida que lo ve y se ríe. 


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