DECORO

7/10/2019

Segundo día sin K. La verdad es que se la echa terriblemente de menos. Caemos ahora en la cuenta de los muchos gestos nuestros que respondían a su presencia, y que ahora, cuando los hacemos maquinalmente, redundan en una redoblada sensación de ausencia. Por ejemplo, cuando abríamos el portón de entrada, sabíamos que invariablemente la íbamos a encontrar al otro lado, porque percibía nuestra llegada prácticamente desde el momento mismo en el que oía pararse el ascensor, o incluso desde antes; o cuando yo terminaba una acuarela y tenía que plantearme no dejarla a secar en lugares a los que ella, llevada por su insaciable curiosidad, pudiera subirse y poner las patas en ella. Podría alargar mucho más la lista. Ella no hacía ruido, pero podría decirse que, ahora que no está, la sonoridad de la casa es otra. Todo parece más limpio, más seguro , menos expuesto a sus travesuras; y, sin embargo, ese sobrevenido decoro doméstico no resulta en absoluto acogedor, y sí gélido y hostil, al faltarle ese elemento de imprevisibilidad que parece connatural a las realidades vivas. La casa ha devenido museo: todo está en su sitio, ni siquiera sobrevuela ya las cosas esa pelusa impalpable que los gatos van soltando por donde pasan. Y cómo detesta uno este limpieza, que es la de la muerte.   

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