DIGESTIONES






19/1/2019

Ha estado uno en Waterloo con Fabrizio del Dongo, de la mano de Stendhal, y en Gettysburg de la mano de Stephen Crane, y una cosa he aprendido de las batallas: que quien está en medio de ellas no ve otra cosa que confusión, humo y carreras, y realmente no puede aportar ninguna información útil sobre lo que está ocurriendo, más allá del testimonio de la insignificancia del observador y de lo absurdas que resultan todas las batallas. Y me acuerdo de eso después de haber asistido, durante cuatro días consecutivos, a las prolijas retransmisiones televisivas de los disturbios que están teniendo lugar en Barcelona. Para lo que aportan a la comprensión de los hechos, lo mismo serviría que en cada una de esas noches hubieran vuelto a poner la grabación de lo ocurrido en la primera: humo, confusión, ruido. Para entender de verdad esos hechos habremos de esperar semanas, puede que meses o incluso años, y lo primero que habrán de hacer quienes se ocupen de hacer ese relato será cribar las imágenes emitidas y decidir cuáles de ellas aportan hechos significativos y cuáles simplemente añaden énfasis, dramatismo impostado o innecesario exhibicionismo por parte de los informadores -muy meritorios, desde luego- inmersos en plena batalla. 

Fue la CNN, allá en los tiempos de la segunda Guerra del Golfo, quien inauguró este tipo de periodismo: mandó a sus reporteros al Bagdad bombardeado para que, noche tras noche, nos mostraran un mismo panorama de explosiones en la oscuridad y trayectorias de proyectiles sobre el cielo de la ciudad, y a esas imágenes añadían insertos que mostraban los presuntos daños, y que luego, en gran medida, resultaron ser escenas amañadas. No digo yo que las de Barcelona lo sean, salvo que pensemos -y hay razones para ello- que es la propia cámara, por el hecho de estar allí, quien fuerza a todos los que concurren ante ella a impostar sus actuaciones, y que por tanto éstas responden ya a una lógica que no es la de los hechos, sino la de su exhibición.

He estado en esas calles en momentos más felices y me he parado a dibujarlas, con la idea de que, haciéndolo, veía más y  mejor que si me limitaba a fotografiarlas mecánicamente. Veo ahora las imágenes de esas mismas calles incendiadas y me pregunto si no sería quizá buena idea pararse a mirar despacio, a analizar, a pensar, y no limitarse a atesorar imágenes azarosas, inconexas, mero espectáculo para acompañar nuestras pacíficas digestiones de la cena.

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