INVIABLES



14/10/19

Entra en casa Ch., el gato del vecino, y busca a K. por sus escondrijos habituales, sin encontrarla, lo que parece causarle gran extrañeza. Peor lo más llamativo es que durante un buen rato se para a olisquear el rincón donde le poníamos el agua a nuestra gata en sus últimos días, cuando no sabíamos cómo facilitarle que comiera y bebiera. Y se da la circunstancia de que, llevada por su instinto, y aunque éste no le bastase ya para animarla a alimentarse, en esos días aciagos le dio por echarse a dormitar junto al cuenco de agua, justo en el lugar en el que, a pesar de que ya hemos limpiado el suelo varias veces desde entonces, el otro gato rastrea ahora ávidamente lo que debe de ser el último vestigio olfativo de su presencia.

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Lo verdaderamente peligroso para este tambaleante país que llamamos España no es que se independice una de sus regiones -que quizá acabará siendo para el resto más o menos lo mismo que Portugal es ahora para sus vecinos peninsulares: un país estable y amigo en el que, con el respaldo de las leyes de la Unión Europea, cualquier español podría vivir, estudiar y trabajar con las mismas seguridades y derechos que en su país-. Lo peligroso, ya digo, no sería eso, sino que otros territorios del actual estado español siguieran ese camino y en cuestión de un lustro nos viéramos convertidos en lo que fue Yugoslavia tras la caída del comunismo: quizá sin la encarnizada guerra civil -cruzo los dedos- que tuvieron allí, pero sí condenados a la vulnerabilidad y la miseria de todos esos pequeños estados que sólo se sustentan en la rivalidad con sus vecinos y en un falso sentido de la identidad. 

Pienso en nuestra Andalucía, ay: sería poco más, o quizá menos, de lo que es ahora Túnez. Un estado inviable controlado por una feroz oligarquía -la que ya padecemos- y sustentado tan sólo por algo tan variable e impredecible como el turismo. Y no es una perspectiva nada halagüeña. 

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Al escritor de libros inviables le pasa lo que al inventor de máquinas inútiles: deja ya de llevarlas a la oficina de patentes -en este caso, al editor- por tal de no ver al empleado del mostrador mover la cabeza como diciéndose: "Ya está este pobre hombre otra vez aquí".

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