LA CASA VACÍA


6/10/2019

K. finalmente no aguantó más. Cuando ya parecía que iba recuperando el apetito, después de la última crisis, un nuevo episodio de vómitos volvió a sumirla en una de esas tenaces melancolías a las que tan proclives son los gatos, y que parecen dictadas por un implacable instinto de conservación y economía de la especie: si no estás en condiciones de sobrevivir, parece decirles una voz, reclúyete en un rincón tranquilo y déjate morir. Eso ha hecho en estos días: rehusar todo alimento y buscar rincones desusados donde entregarse a un letargo del que preferiría no despertar. En apenas unos días ha perdido la cuarta parte de su peso y casi todas sus fuerzas. Aún así, hemos intentado recuperarla; le hemos administrado, por prescripción facultativa, un protector estomacal,un antiemético y comida líquida. En vano. Así que, cuando hemos visto que su mal era irreversible, y que ella misma había tomado ya sus decisiones al respecto, nos hemos decidido nosotros también a facilitarle el tránsito. La hemos llevado de nuevo al veterinario y esta vez, significativamente, ya no ha podido ni querido resistirse a que la manipulasen manos extrañas: ella, que tan arisca ha sido siempre con los desconocidos. No ha habido el menor estremecimiento: llegó dormida, se espabiló un poco al apercibirse de que estaba en un lugar extraña, luego volvió a tender la cabeza y ya no volvió a cambiar de posición, ni siquiera al sentir el pinchazo con el que le inyectaron el sedante. Allí la dejamos, dormida. Hemos firmado unos papeles y con ellos en el bolsillo nos hemos vuelto a casa. Y la hemos encontrado más vacía que nunca.

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