MANÍAS


1/10/2019

Al mediodía, cuando llego a donde tengo aparcado el coche y me dispongo a montarme, se me acerca un anciano y me dice algo que al principio no entiendo, y que luego resulta ser que me pide que le guarde la plaza de aparcamiento mientras él va por su coche, que tiene aparcado a la vuelta de la esquina. No le veo razón de ser a la petición: si lo tiene aparcado tan cerca, para qué molestarse en cambiarlo de sitio; y, además, la acera de enfrente está prácticamente vacía y podría aparcar donde quisiera sin el menor problema. Pero es un hombre muy mayor, al menos en apariencia, y se expresa con cierta dificultad, así que me da apuro contradecirlo o hacerle dar más explicaciones. Le digo que sí y me siento a esperar. Y ya casi empezaba a impacientarme cuando veo llegar un Mercedes desvencijado, traqueteante y lleno de abolladuras, que en la escala de edad de los coches, y aun sin tenerla en cuenta, debe de ser casi tan viejo como quien lo conduce... Se ha detenido justo detrás de mí, cortándome el paso; y, una vez se ha cerciorado de que soy la persona a quien se dirigió un rato antes, recula un tanto para dejarme salir. Me despide con una pitada y yo le devuelvo el saludo con un gesto de la mano. Me da por pensar que la rutina de ese hombre quizá no consista en otra cosa que en cambiar de sitio el coche una o dos veces al día, y que tiene al respecto sus manías: no dejarlo a la vuelta de la esquina, donde quizá no lo ve desde la ventana y teme que los golfillos del barrio, al ver el estado del coche, lo crean abandonado y contribuyan aun más a su ruina; o no dejarlo en la acera de enfrente, quizá por las mismas razones, o simplemente porque allí pega más el sol y este hombre, como mi amigo L., es de los que piensan que un coche dura más cuanto menos se expone a las solanas que hacen envejecer las tapicerías y los plásticos. Manías de viejo. Y, por ello, dignas, me digo, del mayor respeto. Quién sabe las que habrá desarrollado uno cuando llegue a esas edades, si es que llega.


*

Vestía mucho antes hacer constar en la biografía o el currículum que se había sido "lector de español" en tal o cual universidad extranjera. Es un dato que se suele aparecer en la biografía de muchos poetas. Yo mismo me arrepiento con frecuencia de no haber aceptado, en su día, un lectorado que me ofrecieron en la universidad de Nevada, en Estados Unidos. Me ocurrió lo de siempre, cuando me asomo a lo que se presenta como un cambio demasiado radical en mi vida: me pareció que no merecía la pena. Y me acuerdo de ello cada vez que recibo, año tras año, a los chicos y chicas que vienen a trabajar de lectores de inglés en mi instituto. Nunca les pregunto la edad, pero me da la impresión de que casi todos son mayores de  lo que yo era cuando me planteé esa tesitura. Muchos llevan años trabajando de lo que, en principio, se les ofrece como una ocupación ocasional, que complementa sus estudios y debe preceder la que venga después. El problema, supongo, es que después no viene nada, y que por eso parece apetecible prolongar durante años este modo de vida cuasi estudiantil antes de enfrentarse al vacío que supone no encontrar un empleo fijo ni tener verdaderas razones para asentarse en ninguna parte. Ahora la juventud es nómada y no tiene fin, porque no hay un horizonte de vida adulta en el que disuelvan finalmente sus expectativas, las fundadas y las otras. Converso con el chico que ha llegado este año. Es simpático y despierto y a su edad ha viajado más que la mayoría de la gente de la mía. Seguirá haciéndolo, entiendo, algunos años más. ¿Y luego? Pero no me atrevo a formular una pregunta que en su momento yo tampoco habría querido que me hicieran. 

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