UN ECO

12/10/19

También en la casa de la sierra se echa de menos, y cuánto, a K. La consideraba una especie de mágica prolongación de la otra. Conocía ya nuestros preparativos de fin de semana y sabía que, una vez empaquetadas las provisiones y hecho el equipaje, le tocaba el turno a ella de ser introducida en un transportín para, aproximadamente hora y media después, aparecer en la otra casa, que ella conocía tan bien como la habitual. También aquí disponía de cuanto necesitaba: sus cuencos de comida y agua, su arenero. Lo primero que hacía cuando le abríamos la puerta del transpotín era cerciorarse de que esas cosas estaban en su sitio. Luego, si era invierno, se instalaba lo más cerca posible del radiador o la chimenea, y de allí no había quien la moviera, salvo que hubiera en alguna parte algún poderoso acicate de su curiosidad: por ejemplo, que la puerta del patio estuviera abierta y fuera posible asomarse a atisbar las formas de vida blanda que encontraban refugio en las humedades y recovecos de la pila de leña. 

Pero lo que realmente nos hace echarla ahora de menos no es su don de la ubicuidad, que le permitía estar en todos esos sitios casi sin que mediara transición entre sus diversas apariciones, sino la resonancia particular que sus movimientos adquirían en esta casa: por ejemplo, el tintineo de sus pasos cuando subía o bajaba corriendo las escaleras y sus pezuñas percutían contra los rebordes de madera de los escalones Era un ruido característico de las noches en esta casa. Cuando dábamos por concluida la jornada, normalmente después de haber visto un rato la televisión en el salón de la planta baja, al calor de la chimenea, y subíamos a dormir, ella se rezagaba para disfrutar un poco más del calor residual que quedaba en la estancia, y sólo cuando éste se extinguía, horas más tarde, se avenía ella a subir y buscar el calor que encontraba al pie de nuestra cama, lo que para nosotros se traducía, si teníamos el sueño ligero, en la percepción de ese tintineo en las escaleras, y luego del leve estremecimiento que suponía su salto del suelo a la cama, donde permanecía hasta el filo de amanecer, cuando bajaba a desayunar, tras lo cual parecía percatarse de que no nos habíamos levantado a la hora habitual y empezaba a maullar para despertarnos, hasta que se aburría y se echaba de nuevo a dormir, esa vez en el sofá, para volver a subir las escaleras con su inconfundible trotecillo en cuanto nos oía rebullir en la cama.

Es nuestro primer fin de semana sin ella en esta casa. Ayer, a nuestra llegada, retiramos sus cosas: algunas las hemos tirado y otras las donaremos, como ya hicimos con las de la otra casa, a alguna protectora de animales. Y hoy lo que hemos echado de menos es eso: el eco familiar de sus idas y venidas. Lo que no hemos conseguido todavía eliminar del todo es la pelusa que soltaba y se repartía uniformemente por todas las superficies susceptibles de retenerla, y que todavía cubre, a pesar de mis reiterados esfuerzos por sacudirla, el asiento de mi butaca. 

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