Bagajes


4/11/2019

A las tres de la tarde en el instituto, después de un frugal almuerzo de dos tapas y una cerveza en un bar cercano. No era yo el único en alimentarme de ese modo. A mi  lado, un hombre de más o menos mi edad y notablemente coincidente conmigo en algunos rasgos -la barba y otras coqueterías de cincuentón- almuerza también una ensalada y una tapa que creo que ha pedido porque la ha visto en mi mesa. Detrás de mí, un hombre mucho más joven mantiene una larga conversación telefónica en la que no habla de otra cosa que de dinero, haciendo alarde de una agresividad empresarial un tanto impostada: "Si el dinero no está allí mañana empezarán a rodar cabezas", le dice a su interlocutor. Luego habla con su pareja, a la que aconseja sobre un dilema laboral consistente en aceptar un empleo en precario, pero con posibilidades de futuro, y abandonar su lucrativa actividad en negro. o lo contrario... Y todo trasluce una cierta mendacidad, como si la vida de este apacible comensal no consistiera en otra cosa que en hacer alardes de ferocidad empresarial y asesorar a los suyos sobre el modo de sobrevivir en la selva a cuya existencia él tanto contribuye.

Termino mis tapas y cruzo la calzada para fotografiar el mar, que está hoy espectacular, como corresponde a un intervalo de calma en medio de unos días que han sido tormentosos. El poco de sol que se filtra entre las nubes basta para salpicar de destellos de plata fundida la ondulante superficie gris, que a su vez refleja fielmente los colores del cielo. Incandescencias sobre plomo apagado. Todo lo contrario de la triste realidad que acabo de dejar atrás: plomo sobre plomo.


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Fausto a la hora del almuerzo de los oficinistas con turno de tarde. Y qué barato el mercado de almas a esta hora desabrida. 


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Veo Days of Heaven, una película de cuyo estreno en 1978, cuando yo tenía quince años, guardo precisos recuerdos, quizá porque la prensa española celebró bastante el hecho de que su director de fotografía, a quien dieron un óscar, fuera español. Yo me enteraba de estas cosas por las revistas que, por insistencia mía, se compraban entonces en casa. Y acumulaba toda esa información con una avidez que ahora no me explico a qué obedecía, cuando quizá lo que debía acumular eran otras cosas... Aunque ahora pienso que, de haberme aplicado a echarme a las espaldas todas esas otras cosas que se echan los niños espabilados, el peso de ese bagaje quizá valdría hoy, a ojos del cincuentón, menos que el recuerdo pedante de que el quinceañero que fui tomó buena nota de los méritos de aquella hermosa película que entonces no alcancé a ver y que anoche vi por vez primera.

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